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3 de abril de 2013

De la inteligencia (2) (Del ajedrez, la paradoja y la inteligencia en la ficción literaria)

Alberto Luque

Gautama (Buda) abandonando su hogar [relieve hallado
en Gandhara; c. s. ii a.C., Calcuta, Museo Indio].
De tanto en tanto se nos presenta la preciosa ocasión de apreciar en la literatura científica verdaderas expresiones del talento artístico. Los escritos de Freud, por ejemplo, son en mi opinión un magnífico monumento de literatura pura. Eugenio Trías los comparaba con las buenas novelas de intriga y las películas de Hitchcock. El afamado neurólogo Viktor von Weizsäcker se refirió a su estilo como una notable excepción a la deplorable decadencia en que había entrado la escritura de textos científicos en alemán —y que podemos generalizar al resto de las lenguas, como una marca de época—, desde Goethe, Ranke y Humboldt, o todavía desde el impecable estilo de Helmholtz. «Su lenguaje —escribía Weizsäcker— ya no es clásico, pero va guiado por principios artísticos. Tales son: limitación rigurosa a las palabras esenciales; una cierta levedad etérea, una gracia que desdeña el énfasis y los superlativos; la conservación de la lógica inherente a nuestra cultura; la huida de metáforas y adornos; el equilibrio entre la objetividad científica y la humana subjetividad; el yo del autor se trasparenta siempre a través de la honestidad de la exposición…» (Cit. por Juan Rof Carballo en la introducción a su inmejorable traducción de las Obras completas de Freud en 3 vol. [Madrid, Biblioteca Nueva, 1973, t. i, p. xvi].)

2 de octubre de 2012

La paradoja de la tolerancia

Alberto Luque

La paradoja de la tolerancia es bien conocida, aunque, como otras paradojas, quizá es poco y mal comprendida. Se parece a la paradoja del embustero o a la del escéptico radical. Estas paradojas tienen un sentido lógico-gramatical estricto, que es hasta cierto punto banal y sin verdaderas consecuencias reales, prácticas, como una simple broma. Pero al mismo tiempo tienen un sentido no literal, sino pragmático, real, social. En el primer sentido, de puro juego verbal, la paradoja del escéptico radical consiste en que afirma falsamente que debe dudarse de todo, pues entonces no puede dudarse de que hay que dudar de todo…