
10 de diciembre de 2012
República Hispánica, o De la ficción interesante
Alberto Luque
Estaba seleccionando algunos casos interesantes de argumentación erística, para una serie de entradas sobre lógica, cuando cae en mi buzón el fragmento de ficción que reproduciré a continuación, y que data del año 2005. Me ha parecido ahora más interesante por muchos conceptos. La ficción tiene un valor muy relativo, o mejor dicho, muy variable: puede ser sugestiva y contener elementos valiosos para una reflexión filosófica —aun si el mismo relato carece intrínsecamente de reflexión filosófica y es, como en el caso que presento, la proyección más o menos feliz de una veleidad política invertebrada y llena de hipocresía—, y puede ser puro entretenimiento intrascendente. (Y también debería formar parte de un manual corriente de lógica el tema de los argumentos de un mundo ficticio, novelesco.) Pero vayamos primero al relato.

27 de noviembre de 2012
A vueltas con el catalanismo: Una nueva Edad Media a contracorriente
Alberto Luque
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Guilielmo Blaeuw, Mapa de Europa (1640-1643, Amsterdam). |
Si algún motto simple y espontáneo se impone como moraleja “histórica” para caracterizar las recientes elecciones catalanas es el de que Artur Mas —que ya es, definitivamente, Artur Menos— se ha caído con todo el equipo. Pero ha dicho este iluminado que su proyecto (la cosa esa que él llama “proyecto de futuro”) “no lo pararán ni los tribunales ni las constituciones”. ¿Qué podemos responderle? ¿Bastará con decirle, quienes no compartimos ni sus estupideces mesiánicas ni sus políticas capitalistas, que no le secundamos?
22 de noviembre de 2012
La Ilustración española: ¿Crónica de un desierto?
Josep Maria Viola
En relación al benedictino Benito Feijoo y su contexto histórico, Marcelino Menéndez Pelayo decía lo siguiente: “Lo que me parece mal es estudiar a Feijoo solo, y mirarle como una excepción en un pueblo de salvajes, o como una perla caída en un muladar, o como el civilizador de una raza sumida hasta entonces en las nieblas del mal gusto y de la extrema insapiencia.” [1] Desde los tiempos de la propia centuria ilustrada viene fraguándose la discusión en torno a la existencia de una auténtica Ilustración en España durante los reinados borbónicos del siglo xviii. En efecto, bastará con recordar —sin perjuicio de su propensión conservadora— la acerada reacción del gladiador literario, Juan Pablo Forner, frente a los cuestionamientos y embates de los enciclopedistas europeos. Se trata, pues, de un añejo debate intelectual e historiográfico que, si bien una mayoría considerable de estudiosos parece coincidir en sus tesis centrales, no consideramos del todo estéril mantenerlo sobre el tapete. Habitualmente, en este tema se ha pecado, por decirlo de algún modo, de desmesura: se ha tendido a exagerar, e incluso a mitificar, una Ilustración europea al tiempo que se ha presentado una lóbrega y retrógrada imagen de la España dieciochesca. Todavía en nuestros días no faltan quienes, ya sea por motivos de su tradición académica, ya sea por oscuros intereses ideológicos, convienen en seguir manteniendo este cuadro distorsionado de una etapa de la historia de España. Así las cosas, son de recibo las investigaciones basadas en los presupuestos de la objetividad histórica, pues nos aportan una visión más ponderada y menos deformada de la Ilustración hispana. A ellas se debe este breve artículo.
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Francisco de Goya, Jovellanos (1798; Museo del Prado). |
18 de noviembre de 2012
De la racionalidad católica
Alberto Luque
Hemos iniciado un interesante tema de debate: el de la racionalidad del catolicismo. Quiero justificar de antemano por qué digo “interesante”. No es asunto secundario éste de calibrar el interés o desinterés del catolicismo. A veces, frente al tema de un debate, uno puede decir “no me interesa”. Si yo dijese que el tema del catolicismo, por ejemplo, no me parece interesante, creo que cualquiera podría replicarme que estaría incurriendo en una paradoja pragmática: en efecto, me ha de parecer lo suficientemente interesante como para declarar que lo considero intrascendente; si realmente no fuese interesante, debería simplemente ignorarlo (y aun así, los demás tendrían todo el derecho a incluir mi desdén y el de otros entre las virtudes interesantes del catolicismo: entre ellas estaría el provocar indiferencia, y su análisis se enriquecería incluso con las deducciones ex silentio).

6 de noviembre de 2012
El término (de la) democracia
Xavi López
El recién desaparecido Eric Hobsbawm, en su libro La era del imperio, 1875-1914, hizo el siguiente comentario al hilo de su exposición del tema del imperialismo: «A diferencia del término democracia, al que apelan incluso sus enemigos por sus connotaciones favorables, el “imperialismo” es una actividad que habitualmente se desaprueba, y que, por tanto, ha sido siempre practicada por otros. En 1914 eran muchos los políticos que se sentían orgullosos de llamarse imperialistas, pero a lo largo de este siglo los que así actuaban han desaparecido casi por completo.» Es decir que el término ha caído en desuso debido a su reconocida mala prensa. Las crisis del colonialismo en el así llamado Tercer Mundo y el simultáneo auge de las democracias y de los poderes públicos en Occidente fueron las causas por las cuales el término «imperialismo» se convirtió en una evocación de todo lo abominable que hay en el mundo.

4 de noviembre de 2012
El negocio del agua en Cataluña
Constelación
El agua es, con el aire, la sustancia más decisivamente vital, no sólo para los hombres, sino para toda especie. Apenas tres días puede durar un individuo sano sin ingerir una gota del diáfano líquido de la vida. Pero no hay que alarmarse por lo exiguo de este perentorio plazo, porque en el planeta hay agua de sobra, no sólo para los 7.000 millones de almas que ahora lo pueblan, sino para una cantidad de bebedores inimaginablemente mayor. Ahora bien, las infraestructuras para distribuir este recurso a esa inmensa población son enormes y han de estar bien diseñadas. Aunque nuestros pantanos rebosasen, se podría producir una catástrofe si simplemente se descuidase el mantenimiento de las obras realizadas para su distribución, ni más ni menos que si acaeciese una severa sequía en una economía tradicional en que el agua se obtiene sin esa mediación tecnológica. De aquí que la explotación de este recurso natural sea, en la mayoría de los países, una responsabilidad pública. No sucede así en Cataluña, donde los trapicheos capitalistas alcanzan ahora a este supremo bien vital y público, como denuncia la Plataforma Aigua és Vida en el siguiente texto: “Ens parlen d’Estat propi i es venen el país” [Acordem: Justícia econòmica global].

30 de octubre de 2012
Wert y la tentación metonímica
Josep
Maria Cuenca
[Artículo originalmente publicado el 17 de octubre en La Lamentable (lamentable.org).]
Es una pena que el alud de comentarios y opiniones provocado por las acéfalas palabras del ministro Wert no haya servido para introducir un poco de racionalidad en el debate del así llamado problema catalán. De hecho, para lo único que ha servido ha sido para que la comunidad nacionalista catalana ponga en marcha una vez más su deletéreo oportunismo y para que la candidez de mucha gente lo secunde sin más (y con Mas, claro está). Me entristece y agota comprobar cómo gentes que considero honestas han recurrido a argumentos simplistas, incompletos y en el fondo falsos para impugnar la estúpida torpeza del ministro de educación, cultura y deporte. Me refiero exclusivamente a las personas de convicciones igualitarias (por decirlo de un modo genérico), puesto que las opiniones de los nacionalistas de uno y otro lado, o sea, de los derechistas (por decirlo de un modo simple y claro), sólo las tomo en consideración para rebatirlas por su simplismo, incompletitud y falsedad.
[Artículo originalmente publicado el 17 de octubre en La Lamentable (lamentable.org).]
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Foto caricatunya.blogspot.com. |
27 de octubre de 2012
Cicuta para el café con leche
Constelación
El pasado 30 de septiembre, Alberto Luque publicó en Constelación un texto sobre el periodismo crítico de cafeambllet.com y sobre las consecuencias penales a que se podían ver expuestos sus miembros tras denunciar públicamente a varios individuos vinculados a CiU por hacer negocio con la sanidad pública catalana (“En defensa del periodismo crítico: cafeambllet.com”). Pues bien, la gente de cafeambllet.com ya ha sido condenada, como se explica en el vídeo adjunto. El asunto indigna e inquieta a partes iguales, pero también resulta muy informativo acerca del “palo” de que va el equipo humano que acompaña al Gran Timonel Artur Mas hacia la libertad y la democracia denominación de origen CAT. Algo huele a podrido en Neopàtria (la de aquí, no la de Grecia).
21 de octubre de 2012
Lo invisible no es necesariamente silencioso y puede ser muy bello
Josep Maria Cuenca
El pasado 20 de octubre asistí a un concierto que el grupo H de Ada dio en la sala Circus de Cerdanyola del Vallès. Fue una experiencia grata y emocionante, al tiempo que me indujo a reflexionar acerca de las condiciones en que intentan hacer su camino al andar algunas gentes del así llamado mundo de la cultura que poseen talento pero carecen de medios. Que es, sin duda, el caso de los H de Ada. Este grupo de seis componentes cuenta con poco más de un año de vida y algunos de sus miembros se han incorporado a él hace sólo unos meses. No son profesionales, pero tienen calidad para serlo. No tienen facilidades para disponer de un local de ensayo, pero lo han conseguido. No les sobra el tiempo, pero lo encuentran para poder satisfacer su deseo de sentirse músicos. Ahora mismo buscan su público y no es ningún disparate suponer —poéticamente, por así decirlo— que alguien está esperando descubrirlos sin todavía saberlo.
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Rosa, la cantante del grupo H de Ada. |
18 de octubre de 2012
Manifiesto federalista
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Ilustración de la revista satírica La Flaca (1870). |
Por la justicia social y la razón democrática
Llamamiento a la Cataluña federalista y de izquierdas
15 de octubre de 2012
Criminalia curiosa: El delito fingido
Alberto Luque
No sé muy bien qué es verdaderamente la criminología. Mi interés en el asunto no ha sido tan grande como para leer algo más que a los clásicos de los siglos xviii y xix: Beccaria, Lombroso, Silvio, Garofalo, casualmente Vucetich… Respecto a la criminología más actual, mi conocimiento es fragmentario e indirecto, aunque bastante cumulativo: procede de la literatura y el cine, de la prensa cotidiana, de tratamientos marginales en estudios de más amplio espectro sociológico, y de algún que otro artículo sobre el particular. Además, ese interés personal y parcial en esa ciencia no se centra en el conocimiento pericial de sus técnicas, sino más bien en la estructura de sus categorías lógicas, como fuente de modelos argumentales, digamos.

8 de octubre de 2012
Pensar, crear, resistir: las armas de Deleuze
Xavi López
“I would prefer not to“ (preferiría no hacerlo). La frase de Bartleby, que hoy día está ya algo manoseada, representa bien todo lo que fascinó a unos pocos estudiantes de filosofía de la segunda mitad de la década de 1990 en el pensamiento de Deleuze, especialmente de su valoración de las artes. La frase ponía sobre la mesa el problema del estilo, algo que suele preocupar mucho a los jovenzuelos narcisistas, aunque no sólo a ellos. En el “Bartleby de Deleuze” esos estudiantes, de los que yo formaba parte, no veíamos al rebelde metafísico nietzscheano, sino algo distinto; era una fórmula cargada de frescura, alejada de las lecturas heideggerianas de Nietzsche que venían de Italia (Vattimo) y de las teologías encubiertas (Lévinas). El modelo del rebelde en Deleuze era alguien totalmente ajeno al mundo intelectual: el escapista, el funambulista o el acróbata, el clown, es decir, un tipo de artista, pero también el nómada que borra tras de sí sus propias huellas, o incluso la Pantera Rosa, que pinta de rosa el mundo para así hacerse imperceptible. Cierta dosis de inocencia era fundamental en esos personajes. Eran una afirmación de la vida a través del juego, a través de la actividad artística, y se oponían, casi sin saberlo, al resentimiento, a la angustia que identificábamos no sólo con la imagen burguesa del mundo, sino también con la conciencia militante obrera, seria, sin humor, culpabilizadora.
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Gilles Deleuze como Lamennais en George qui? (Michèle Rosier, 1973). |
2 de octubre de 2012
La paradoja de la tolerancia
Alberto Luque
La paradoja de la tolerancia es bien conocida, aunque, como otras paradojas, quizá es poco y mal comprendida. Se parece a la paradoja del embustero o a la del escéptico radical. Estas paradojas tienen un sentido lógico-gramatical estricto, que es hasta cierto punto banal y sin verdaderas consecuencias reales, prácticas, como una simple broma. Pero al mismo tiempo tienen un sentido no literal, sino pragmático, real, social. En el primer sentido, de puro juego verbal, la paradoja del escéptico radical consiste en que afirma falsamente que debe dudarse de todo, pues entonces no puede dudarse de que hay que dudar de todo…

30 de septiembre de 2012
En defensa del periodismo crítico: ‘cafeambllet.com’
Alberto Luque
Si viviésemos en una sociedad democrática y próspera, no ya como la que deseamos en el futuro, sino incluso como la que se desarrolló en casi todo el mundo occidental tras la II Guerra Mundial, la del Estado del bienestar ahora rapazmente desmantelado por el gran capital, los contenidos habituales de un blog como Constelación estarían más llenos de artículos sobre Heráclito y Parménides, sobre Erasmo y Galileo, sobre Spinoza, Kant o Hegel, sobre Darwin o Marx, sobre Stendhal o Tolstoi… que sobre este odioso y anacrónico asunto del nacionalismo.

25 de septiembre de 2012
Un poco de respeto
Josep
Maria Cuenca
[Artículo originalmente publicado el 21 de septiembre en La Lamentable (lamentable.org).]
Durante una buena parte del año 2001 viví la interesante experiencia de
dar algunas charlas sobre la inmigración extraeuropea en Catalunya.
Hube de ir a bibliotecas, ateneos y centros de enseñanzas medias de
Barcelona y sus comarcas vecinas y aprendí mucho. Recuerdo muy bien que
uno de los temas que en aquellos encuentros aparecía sin excepción era
el del respeto. El respeto era entonces y sigue siendo hoy un concepto
muy exitoso en nuestras sociedades; pero cuando digo exitoso me refiero
sobre todo a la frecuencia de su uso, no tanto al rigor conceptual con
que suele ser utilizado. No es insólito, por ejemplo, que el respeto
sea reclamado por quien agrede para así convertirse en víctima. En el
simulacro universal que es nuestro mundo las imposturas pueden llegar a
ser muy sofisticadas.
[Artículo originalmente publicado el 21 de septiembre en La Lamentable (lamentable.org).]

22 de septiembre de 2012
¿Qué pintan los sentimientos?
Alberto Luque
A propósito de la xenofobia catalanista, he dicho en un comentario al artículo de Josep Maria Viola «¿Secesión o sucesión? Mitos y perversidades del nacionalismo catalán» que, “tratándose de un sentimiento, nada puede extrañarnos su carácter irracional e irrazonable”. Luego, en otro comentario a la entrada de Josep Maria Cuenca «Sobre la eficacia comunicativa», he concedido algo así como una inteligencia de los sentimientos, la posibilidad de descubrir la verdad mediante un ejercicio de sinceridad, de «libertad sentimental». Parece una contradicción, y no quiero resolverla apelando al mirífico método del justo medio, diciendo que la verdad está en la mitad, como los jueves. Leo en el número de este mes de Investigación y Ciencia un breve artículo de la profesora mexicana Ana Rosa Pérez Ransanz sobre el papel de la emotividad en la ciencia. “Los sentimientos de asombro, duda o curiosidad operan como poderosos motores de la investigación”, afirma. Pero ¿a qué clase exacta de sentimientos nos referimos con los endebles conceptos de asombro, duda o curiosidad y otros semejantes?

19 de septiembre de 2012
Sobre la eficacia comunicativa
Josep Maria
Cuenca
Nada
hay más agotador y deprimente que pretender impugnar una fe con
argumentos racionales. Es como hablar en zulú a alguien que sólo habla
en ruso. De ahí que en semejantes circunstancias la única manera de
llegar a alguna conclusión medianamente positiva sea intentar convencer
al creyente de que su fe es un asunto privado, íntimo, y que en
consecuencia sería aconsejable que en los debates públicos no ocupara
un lugar esencial. Hay creyentes que lo admiten. Recuerdo que con
motivo del bicentenario del nacimiento de Charles Darwin, en 2009, un
programa de la televisión pública catalana (no recuerdo si fue TV3 o el
Canal 33) invitó a varios científicos, uno de los cuales era cristiano.
Al ser éste preguntado sobre si se podía ser cristiano y evolucionista
al mismo tiempo contestó de un modo concluyente: “Por supuesto que sí”.
Por desgracia, se trata de un caso excepcional; pero en cualquier caso
ilustra de un modo espléndido cómo personas que profesan una fe
religiosa son capaces de ser moral e intelectualmente racionales.
15 de septiembre de 2012
Gente encantadora
Josep
Maria Cuenca
[Artículo originalmente publicado el 14 de septiembre en La Lamentable (lamentable.org).]
No soy masoquista —lo juro— aunque entiendo que mi
credibilidad parezca
escasa ante lo que voy a decir tras el siguiente punto y seguido.
Admito que el pasado 11 de septiembre me tragué enterita la fascinante
retransmisión que la televisión pública catalana hizo de la
manifestación independentista de Barcelona. Que una televisión pagada
por todos los administrados de un país se ponga con total desvergüenza
al servicio de un proyecto político —la así llamada construcció
nacional— que ignora por lo menos a más de la mitad de esos administrados resulta
alucinante y deprimente; si bien no es más alucinante y deprimente que
escuchar en boca de muchos supuestos progres debidamente subvencionados (o atemorizados) que TV3 es un canal serio y objetivo. Y esto se escucha todos los días y, sin duda, se seguirá escuchando.
[Artículo originalmente publicado el 14 de septiembre en La Lamentable (lamentable.org).]

3 de septiembre de 2012
RE: ¿De qué depende el éxito en el mundo artístico?
Nuria Peist
La reseña que Alberto realiza de mi libro me permite corroborar con alegría que la producción intelectual no se encuentra en la soledad del escritorio, del archivo o de la biblioteca, como tampoco es exclusiva de los debates muchas veces obligados y por desgracia poco registrados de los encuentros científicos. El diálogo producido por este tipo de intercambio, digamos informal, muchas veces permite no sólo afianzar nuestra identidad como investigadores gracias al reconocimiento mutuo, sino también hacer avanzar las ideas y, al compartirlas, dotarlas de mayor sentido. En ese aspecto, Alberto Luque siempre ha sido un interlocutor de lujo. Por su interés, por su entusiasmo, por su rigor y por su voluntad de compartir. Comentaré aquellas cuestiones de la reseña que considero oportuno aclarar o comenzar a debatir.
27 de agosto de 2012
¿De qué depende el éxito en el mundo artístico?
Alberto Luque
Nuria Peist,
El éxito en el arte moderno: Trayectorias
artísticas y proceso de reconocimiento, Madrid, Ábada, 2012.
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¿Cuál es su tema? Dudo de que este singular tenga
jamás sentido, porque lo que decide el tema
no es el objeto mismo, sino el sujeto que lo interpreta, incluso si se trata de
un discurso que en sí mismo ya lo designa. El tema o el contenido es siempre la respuesta a una pregunta
previamente formulada, y es por tanto distinto según la naturaleza de esa misma
pregunta. El tema o el contenido de la Biblia, por ejemplo, es la palabra
revelada para un creyente, o el desarrollo de una moral antigua para un
filósofo, o el despliegue de unas costumbres para un antropólogo, etc. El tema
de Moby Dick es la aventura de la
caza de un monstruo, o bien la mística elucidación del sentido absoluto del Mal,
o…
20 de julio de 2012
Supercherías diversas
Alberto Luque
Me he referido, en una entrada anterior, al “efecto Mozart” como un caso de
esoterismo o pseudociencia que, en el contexto de lo que se discutía, actúa
como razón estúpida que impide comprender la verdadera significación educativa
y social de la música. Como toda fantasía mágica, su función oscurantista va
más allá, con su contribución alícuota al deterioro de la razón en todos los
terrenos de la vida social.
12 de julio de 2012
De la importancia social de la música
Alberto Luque
La música en todas sus manifestaciones —tanto puras (música instrumental) como mixtas (canto, danza, ópera, etc.)— ha sido considerada desde la Antigüedad como un sostén necesario de la civilización. Los antiguos legisladores Solón y Licurgo incluyeron la educación musical entre los pilares del Estado. Y por la misma época en China Confucio estaba persuadido de ese mismo exagerado papel que la música juega en la vertebración de la moral y del Estado.[1]

9 de julio de 2012
Superstición, pereza y mercantilismo
Alberto Luque
“Azar objetivo” fue un tópico caro a André Breton —sobre todo en Nadja—, una de cuyas expresiones más típicas fueron los poemas al azar practicados por los dadaístas. Un caso de delirio por lo absurdo, en definitiva. Pero para la lógica —y para el materialismo—, el tema de la “objetividad del azar” es un asunto serio, que corresponde a un concepto diametralmente opuesto a aquella fantasía surrealista.
28 de junio de 2012
El relativismo cultural como falsa garantía del catalanismo
Alberto Luque

Sobre los mitos catalanistas
Alberto Luque
¿En qué consiste el mito de la “persecución de la lengua”,
ahora hiperbólicamente elevado a la categoría (retórica, no jurídica) de “genocidio
cultural”? (La pregunta pude ser formulada bajo otro ángulo, de manera que
su respuesta exija esclarecer más aspectos del tema: ¿Por qué decimos que tal
cosa es un mito, una invención falaz?)
17 de junio de 2012
Lenguaje/pensamiento, nacionalismo, religión
[DE: Alberto Luque]
[…]
La relación entre lenguaje y
pensamiento es indudablemente muy estrecha, casi tanto como para justificar su
absoluta identificación, el isomorfismo más completo entre uno y otro. Y en
verdad que este acoplamiento cuasiperfecto ofrece un caudal de fenómenos
fascinantes para la investigación científica y para la filosófica.
Pero también es interesantísimo
examinar ese otro, digamos, 0,1% de fenómenos en que el contenido del lenguaje
y el del pensamiento no sólo difieren, sino que de hecho resultan
inconmensurables. Se trata de esos dos terrenos fronterizos y misteriosos en
que podemos hablar, por un lado, de un lenguaje sin pensamiento, y, por otro,
de un pensamiento sin lenguaje (es aún interesante a este respecto la teoría
desarrollada hace ya casi un siglo por Lev Semionovich Vigotski).
RE: flo6x8
[DE: Alberto Luque]
Quiero insistir yo también, como
Palmira, en que dediquéis unos minutos a contemplar las emotivas y talentosas
actuaciones de flo6x8 (flo6x8.com). Además de hacer vibrar una
cuerda en el alma, como una conmoción cósmica, como si temblara el Universo y
no sólo nuestro corazón, esas acciones dan mucho que pensar en el terreno de la
virtud cívica. Hay que perder la vergüenza como hay que perder el miedo (a
decir lo que se siente, aun sin pensar lo que se dice, a no medir las palabras
como si formásemos parte del séquito de los tunantes; éstos temblarán en cuanto
oigan la voz de quien dice la verdad; lo que me recuerda la frase que uno de
los piratas pronunciaba en una versión infantil de La Isla del Tesoro:
“No te puedes fiar de un hombre honrado” —una frase que, por cierto, no se le
ocurrió al propio Stevenson).
11 de junio de 2012
flo6x8
[DE: Palmira López]
Me gustaría incorporarme a esta lista de discusión agradeciendo los buenos
momentos que me habéis hecho pasar desde que se inició este encuentro-e gracias
a la iniciativa de Alberto. Como a vosotros, me hace feliz poder contar con
este espacio que nos permite discutir inteligentemente, además de sonreír con
vuestras ocurrencias. La simpatía desplegada en vuestras intervenciones ha sido
una delicia para el entendimiento. Admito que, por diferentes motivos, no he
podido participar tanto como hubiera querido y mucho me temo que, durante un
cierto tiempo más, mis intervenciones van a ser, como decía Josep Mª Cuenca,
«demasiado homeopáticas». Aun así, espero que pueda seguir disfrutando de
vuestra generosidad y me comprometo a corresponderos con la intención de que
podamos consolidar esta genial idea de Alberto.
8 de junio de 2012
RE: Algo sobre el lenguaje…
[DE: Assumpció Linares]
[…]
Em penso que des de que estic a la llista és la primera vegada que
aconsegueixo llegir tots els missatges inscrits sota el mateix títol (el meu
nodriment intel·lectual, per ara, depèn de les dormides del meu nen). I la
veritat és que en aquest cas, la discussió era una mica “delicada” per totes
les raons que, de fet, heu anat exposant des del primer missatge de l’Alberto.
5 de junio de 2012
RE: Algo sobre el lenguaje
[DE: Raquel Holgado]
Hola a todos y qué majo JM Viola! está muy bien su mensaje y sus reflexiones acerca de la necesidad de precisión en relación con el uso del lenguaje. La verdad es que lo de la precisión está muy bien, la precisión del bisturí de un cirujano plástico (así entraba un chico encantador en el corazón de Fabio Mcnamara en una de sus canciones… la palabra “precisión” siempre me sugiere esta estrofa, no puedo evitarlo); eso: la precisión, lo justo, necesario, bueno… y podríamos cambiar el sentido a la frase y no pasaría nada: lo preciso es que la verdad está muy bien… lo verdadero: justo, necesario, bueno… nada, me he puesto a jugar un poco con las palabras, esos vasos comunicantes a golpe de asociar ideas. Esas asociaciones que motorizan a nuestra en ocasiones indomeñable y perversa imaginación. El lenguaje, eso que según JMV es el reflejo del pensamiento puede ser también, visto desde otro ángulo, el pensamiento mismo. Dicho de otra manera, el pensamiento es un lenguaje mudo hasta que le da por hablar, o escribir… El pensamiento es el lenguaje de lo íntimo, de lo desconocido hasta que no quiera ser pronunciado. Por otra parte quizá pensamiento-lenguaje sea la respuesta a algo mecánico y en ocasiones fisiológico que relaciono sobre todo con corrientes eléctricas, obstinaciones celulares varias y memoria concreta.
Hola a todos y qué majo JM Viola! está muy bien su mensaje y sus reflexiones acerca de la necesidad de precisión en relación con el uso del lenguaje. La verdad es que lo de la precisión está muy bien, la precisión del bisturí de un cirujano plástico (así entraba un chico encantador en el corazón de Fabio Mcnamara en una de sus canciones… la palabra “precisión” siempre me sugiere esta estrofa, no puedo evitarlo); eso: la precisión, lo justo, necesario, bueno… y podríamos cambiar el sentido a la frase y no pasaría nada: lo preciso es que la verdad está muy bien… lo verdadero: justo, necesario, bueno… nada, me he puesto a jugar un poco con las palabras, esos vasos comunicantes a golpe de asociar ideas. Esas asociaciones que motorizan a nuestra en ocasiones indomeñable y perversa imaginación. El lenguaje, eso que según JMV es el reflejo del pensamiento puede ser también, visto desde otro ángulo, el pensamiento mismo. Dicho de otra manera, el pensamiento es un lenguaje mudo hasta que le da por hablar, o escribir… El pensamiento es el lenguaje de lo íntimo, de lo desconocido hasta que no quiera ser pronunciado. Por otra parte quizá pensamiento-lenguaje sea la respuesta a algo mecánico y en ocasiones fisiológico que relaciono sobre todo con corrientes eléctricas, obstinaciones celulares varias y memoria concreta.
1 de junio de 2012
El nacionalismo, el lenguaje, la mentira y la hipocresía
[DE: Alberto Luque]
Lo que dice
Josep Maria sobre la estrecha vinculación entre esta clase de pintorescas
chorradas y el aparentemente más serio tema del nacionalismo es tan cierto como
rotundo: no se produce lo uno sin lo otro; no es posible el catalanismo
“político” sin que en algún momento no se le levante un monumento al caldo
catalán; el idiotismo folclórico es el sustrato, el oxígeno, la razón de ser
del nacionalismo, y viceversa. En efecto, como dice Josep Maria con una
rotundidad que agradezco, gilipolleces de ese calibre son propias de esas
mentes enfermas a las que los términos “irracionalismo” y, sobre todo,
“espiritualismo” describen con toda precisión (N.B., mucho más “espiritualismo”
que “irracionalismo”, porque yo creo que la actitud irracionalista puede ser en
parte, y según las circunstancias, inteligente, desafiante, interesante, pero
el espiritualismo apesta siempre como una impostura, una debilidad o una
gazmoñería; ser espiritualista le convierte a uno, en el mejor de los casos, en
un buen salvaje supersticioso, y en el peor, en un hipócrita temible).
31 de mayo de 2012
RE: De las señas de identidad o la “salsa nacional de Cataluña”
[DE: Raquel Holgado]
Hola a todos, he de dar las gracias a Josep Maria, me acabo de reír con
ganas con el artículo del maestro Monzó y sus frases a veces coloquialísimas y
a veces lapidarísimas. Si os ha gustado aquí tenéis otro en el que vuelve a
derrumbarse ante los inescrutables (en su totalidad) caminos de lo posible,
aquí os lo dejo, espero que os guste.
24 de mayo de 2012
RE: Un caso de falsificación fotográfica en la UdL
[DE: José Ramón García] jueves 24/05/2012 20:23
Deliciosa anécdota la de Alberto que aún no conocía de su gran acerbo. Muy
buena. No tiene desperdicio. De todas maneras, yo quizás hubiera pedido retirar
o cambiar la fotografía antes que retocarla. Quitar la foto no es mentira.
Falsearla sí. En este caso no era necesario mentir ¿no creéis?
——————————————————————
[DE: José Ramón García] jueves 24/05/2012 20:26
…donde decía
acerbo no quería decir acerbo lo que quería decir es acervo. No es mentira. Lo
juro.
Un caso de falsificación fotográfica en la UdL
[DE: Alberto Luque]
Quiero añadir otro caso a los comentados por José Ramón, para dar un poco
más de juego, y hasta de humor negro, al dialéctico ejercicio de la
comparación. Seguramente algunos de vosotros recordaréis el caso de Eduardo
Sánchez Moragues, un estudiante de la UdL que fue detenido, juzgado y
encarcelado en 2005 por crímenes sexuales (abuso de menores y tráfico de
pornografía infantil). Estaba también reclamado por el FBI por delitos
similares en EE.UU. Es algo personal y casual, y hasta cómico-grotesco, lo que
vuelve este caso imborrable en mi memoria. El tal Sánchez había suspendido
hacía años la asignatura de primer curso que yo había impartido (“Lenguajes
artísticos”), y justo dos días antes de ser detenido y saltar a la
prensa el escándalo me había enviado un correo-e pidiéndome una tutoría para
explicarle lo que había de hacer para aprobar esa asignatura. Le cité en mi
despacho para el día posterior a aquel en que habría de ser detenido; recuerdo
que le pedí que me no se alarmase si me retrasaba, porque a veces me costaba
encontrar aparcamiento, a lo que él se ofreció muy amablemente a guardarme una
plaza de parking. También recuerdo que el día para el que le había citado me
aproximé a mi despacho con la cómica sensación de que me hallaría en la puerta
a uno o dos policías esperándome para interrogarme, porque evidentemente se
habrían incautado del portátil del menda, y allí estarían nuestros correos, con
el lamentablemente tono cariñoso que solía usar en mis correos (“querido tal,
querido cual…”, etc., “un abrazo”, etc.); y allí anticipaba yo en mi
imaginación la escena en que me ponía nervioso, como hacía cada vez que la
policía de tráfico me paraba para lo que fuese, lo que me daba aspecto de
sospechoso. Eso no era tan improbable: el día anterior había visto en la tele
al mismísimo rector, Joan Viñas, mostrando un azoramiento que casi le
paralizaba, al responder a los periodistas sobre el asunto. Por desgracia, no
pude hacer realidad mi pequeña fantasía detectivesca, que me habría servido
para husmear ligeramente en el sórdido mundillo de los policías y los
delincuentes. Por cierto, aquello también sirvió para rescatar algo de mi mala
reputación; hasta entonces yo era un hueso como profesor, un grano en el culo
para todos aquellos a quienes inquieta la mala nota que da un índice de
suspensos elevado; pero como entre aquellos que no habían podido superar mis
exámenes estaba este menda, pues de pronto me convertí en poco menos que un
héroe (como en La hoguera de las vanidades), que había salvado a la UdL
de la vergüenza adicional de tener que admitir que entre sus egresados se
hallaba un psicópata de aquel calibre. Y la verdad es que yo me sentía, y aún
me siento, culpable por no poder compartir ese gozo: si suspendió algún examen
que le hice fue porque no sabía ni palotada, y no por ser un pederasta.
Bueno, el caso es que este tipo había estado en muy buenas relaciones
institucionales con la UdL; por ejemplo, había coordinado varias Jornadas de
Climatología o cosa así. Si se hace una búsqueda en Google asociando su nombre
a las siglas UdL aparecerán varios documentos en que constan las aportaciones
que recibió. Sería rarísimo que no existieran registros fotográficos de esos eventos,
donde Sánchez apareciera junto a miembros del gobierno de la Universidad y
otros responsables académicos o administrativos. Pues bien, existen en efecto
tales odiosas fotografías, pero fueron oportunamente retocadas con el Photoshop,
no sé si grosera o sutilmente, pero en definitiva para hacer desaparecer al
molesto adlátere, al personaje despreciable. Algún miembro ilustre de nuestra
institución sintió de pronto la insoportable vergüenza de ver su imagen junto a
la de un “monstruo”, y mandó a un técnico que realizara esos salvíficos
trucajes.
José Ramón dice que lo importante sería, en cada caso, la voluntad, la
buena o mala voluntad, la finalidad con que se cometen tales falsificaciones.
En general, yo adhiero a la tesis jesuítica de que el fin justifica los medios
(N.B., una teoría en efecto sostenida por los adalides de la Compañía de Jesús,
y que no sé por qué motivo se atribuye generalmente a Maquiavelo). Pero ¿cuál
era el propósito en este caso? ¿Poder soportar la tremenda vergüenza de que se supiese
que uno había tenido relaciones con un sádico? Independientemente de los
motivos, se trata de una falsificación muy grave (aunque no, por supuesto, tan
grave como los delitos cometidos por el tal Sánchez), porque esas fotografías
no sólo son un testimonio para la reconstrucción del pasado del delincuente,
sino también para la historia de la propia Universidad. Y me pregunto si en
este caso, en que probablemente se trataba de fotografías digitales, si al no
haber negativos de película que guardar, se conservaron los archivos
originales. No me sorprendería enterarme de que tales archivos han pasado a
mejor vida —lo cual no serviría para ocultar la falsificación, ya que ésta deja
como huella una trama digital distintiva; no sirve como ocultar el arma del
delito, o el cadáver, porque lo que queda es una prueba de que tal ocultación
se ha realizado deliberadamente.
¿Por qué en este caso no se convierte en un escándalo la falsificación?
¿Quizá porque no queda nadie interesado en reintegrar la imagen de semejante
“monstruo”? Pues bien, sería poco más o menos una razón de este tipo la que
explicaría que los chinos no se inquietasen de la eliminación fotográfica de
unos personajes juzgados indeseables. El problema es que esos personajes
podrían ser considerados héroes para otra fracción de la población, lo cual
motivaría a estos otros a denunciar la falsificación, pero no por el hecho
abstracto de haber cometido una falta técnica, sino por ser quienes fueron los
eliminados, es decir de nuevo según los fines, como en el credo jesuítico —que,
vuelvo a reiterar, yo mismo adhiero. El caso de Sánchez Moragues sólo se
distingue por la curiosa unanimidad moral en su condena. Con todo, tratándose
de la máxima institución académica, esto indica cuán escasamente ha penetrado
el imperativo de la objetividad científica incluso entre quienes están
profesionalmente obligados a garantizarla.
RE: Más sobre las falsificaciones de fotografías
[DE: José Ramón García]
Recuerdo el escándalo que hubo hace un par de años cuando alguien descubrió
que se habían “retocado” con el Fotoshop unas fotos de Sarkozy quitándole unos
michelines de encima. O sea, que aquí también trucamos fotos, aunque creo que
de una manera más sutil. De todas maneras, a veces la línea que separa la
mentira de la verdad es tan fina que sería difícil ponerse de acuerdo en qué es
falsear y qué no. Así, ¿es mentir teñirse el pelo o ponerse un poco de colorete
en la cara? ¿Es mentir llevar una ortopedia? Supongo que en última instancia lo
que debe contar a la hora de juzgar es la intención con que se hace algo, si se
pretende manipular a los demás con tal de conseguir algún propósito innoble o
no.
De todas maneras, la línea sigue siendo muy, pero que muy fina. ¿Qué decir
del famoso Enric Marco? ¿Recordáis? Aseguraba ser un superviviente de los
campos de concentración nazis, pero en realidad no había estado nunca en uno de
ellos. ¿Cómo tratar un caso así? Yo le oí hablar en varias ocasiones y ayudaba
a posicionar a los alumnos en contra de la intolerancia y el
nazismo. ¿Se puede comparar con los fraudes de la Banda de los 4?
¿Hasta dónde se puede mentir? Supongo que, como decía antes, en última
instancia lo que más debe de pesar en nuestro ánimo a la hora de juzgar es
discernir la moralidad de los motivos que sustenta la mentira, y el equilibrio
entre el daño causado y el bien logrado o perseguido.
De todas maneras, me declaro partidario de evitar la mentira en todas sus
posibles manifestaciones, aunque solo sea por estética, otra palabra mágica.
23 de mayo de 2012
Más sobre las falsificaciones de fotografías
[DE: Alberto Luque]
Celebro que al menos a José Ramón [*]
no le haya parecido intrascendente el ejemplo que puse sobre el “extraño” modo
de Burton de justificar las falsificaciones fotográficas. Como mínimo le ha
parecido chocante, paradójico, que es lo menos. Mi opinión es que esta
diferencia en la manera de juzgar una falsificación es tan paradójica como
otros muchos casos de diferencias culturales que estamos muy acostumbrados a
aceptar cuando los antropólogos relativistas, a menudo con mucha razón, nos las
explican en relación con costumbres de pueblos salvajes, pero que estamos menos
preparados para entender cuando las diferencias no son tan fuertes, sino
sutiles, y entre civilizaciones igualmente desarrolladas en la línea
histórico-cultural, como es el caso entre los chinos y los europeos.
Herskovits ponía un ejemplo muy vívido del modo en que erróneamente
tendemos a naturalizar nuestros juicios, tomando como costumbres
incondicionalmente lógicas lo que no son sino convenciones más o menos eficaces
para un determinado entorno social: el del asco que nos produciría observar a
un campesino hindú sacándose los mocos de su nariz y lanzándolos al suelo; sin
embargo, a ese campesino le parecería verdaderamente marrana y nauseabunda
nuestra costumbre de guardarnos una sustancia tan tóxica en los bolsillos (MT. Segall, D.T. Campbell, y M.J.
Herskovits, The influence of culture on visual perception,
Indianápolis–Nueva York, Bobbs Merrill, 1969, pp. 13 y s.).
Pero insisto, estos casos más extremos, de contrastes más exagerados, son
los más fáciles de comprender, y no nos hacen caer estúpidamente en el
etnocentrismo. Lo difícil es darse cuenta de la relatividad de nuestros propios
juicios cuando los enfrentamos a otros que no son tan antagónicos, sino mucho
más concomitantes con los nuestros, como en este caso del sentido de una
falsificación fotográfica.
Para facilitar las cosas a quienes no tengan tiempo ni quizá motivación
suficiente para leer todo el libro de Bettelheim, transcribo ahora un contexto
algo más amplio del debate entre éste y Burton en el que se inscribía el
párrafo que cité en mi anterior comunicación. (Luego defenderé la postura de
Burton en este extremo, a pesar de que me siento inclinado a darle la
razón en general a Bettelheim, y a considerar que la condena de los “cuatro”
fue el equivalente chino de Termidor.)
Bettelheim se refirió en estos términos a la acusación de la dirección del
PCCh. a la “banda de los cuatro” (la viuda de Mao,
Jiang Qing, y tres de sus colaboradores, Zhang Chunqiao, Yao Wenyuan y Wang
Hongwen) de haber trucado, manipulado
o falsificado fotografías:
La manera en que se ha conducido y se conduce la
“crítica” de los “cuatro” no tiene nada en común con las enseñanzas del
presidente Mao. En todo cuanto se ha publicado no se halla ningún análisis
marxista, sino sólo calumnias y murmuraciones, cuyo bajo nivel revela la
incapacidad de la dirección actual del PCCh para enunciar una crítica seria de
lo que habría podido ser la línea política de los “cuatro”.
En el curso de la campaña dirigida contra éstos,
se encuentran acusaciones que se vuelven directamente contra las prácticas de
la dirección actual. Así, puede leerse que los “trucajes” de las fotos de
prensa a que han recurrido los “cuatro” demuestran que éstos “eran a la vez
unos viles conspiradores y unos arribistas que se entendían como ladrones de
feria para hacerse con el poder del partido y del Estado” (comunicado de
Hsinhua del 27 de marzo de 1977). La condena de los “trucajes” de las fotos y
de toda distorsión de la verdad histórica es ciertamente justa; por desgracia,
estas prácticas predominan también en la actualidad, como lo muestra por
ejemplo el número doble de noviembre-diciembre de 1976 de La China en
construcción donde figuran unas fotos visiblemente trucadas. [P. 122
de la versión francesa, p. 10 de la inglesa.]
Neil Burton replicaba así:
Permítame mostrarle cómo dos de los argumentos avanzados en su
carta podrían ser contemplados bajo una luz diferente tras un viaje aquí,
incluso breve. En primer lugar, si emprendiese Ud. una visita “tipo” a una
fábrica de su elección (digamos, por poner un ejemplo, la imprenta de la prensa
en lengua extranjera), podría, durante la habitual hora consagrada a las
preguntas, plantear la cuestión en apariencia contradictoria de la
falsificación de las fotografías. Las respuestas de sus anfitriones podrían
variar en los detalles, pero creo que en sustancia se reducirían a que la
presencia de ciertos dirigentes, o su retirada, en las fotos es esencialmente
una cuestión de aprobación general o de firme desaprobación de su línea
política. Podría Ud. replicar que eso es absurdo, que una foto no es jamás otra
cosa que el reflejo de un acontecimiento positivo. Tengo buenas razones para
pensar que esto chocaría con el desacuerdo de sus interlocutores y además le
enseñarían que, si en alguna ocasión alguien hubiese intentado obligar a los
impresores a publicar tales o cuales fotos de los dirigentes reunidos en
ocasión del servicio fúnebre del presidente Mao, en La China en construcción,
Pekín información o La China en imágenes, ello habría provocado
una obstrucción enérgica por parte de los mismos impresores. Si tales
argumentos no le satisficiesen e insistiese Ud. en inquirir por qué Hsihnua
podía ser entonces tan hipócrita como para calificar la misma técnica de
cobarde cuando se empleaba por orden de los “cuatro”, le recordarían
irónicamente cuáles eran los individuos a quienes los “cuatro” habían borrado
de la foto. Si se empeñase entonces en un monólogo sobre la mistificación y la
mala conciencia, alguno de sus anfitriones un pelín puntilloso podría muy bien
darle la vuelta a la cuestión y ponerle al corriente a propósito de las
costumbres de redacción y de edición en Francia. En fin, si alzase Ud. los
brazos al cielo en señal de desesperación y se preguntase en voz alta cómo
podría tener un sentido la historia, sus oyentes probablemente no comprenderían
su dilema —o si lo comprendían, podrían muy bien replicarle que la historia
revela el trabajo de los archiveros y los historiadores, que la práctica
incriminada no concierne a la “historia”, sino a la lucha de clases actual, y
que de todas formas ningún historiador digno de este nombre podría aspirar a
ilustrar un trabajo con las fotos de personas tan despreciables como los
“cuatro”. (Dicho sea de pasada, la publicación reciente de algunas de las fotos
de que se ha acusado a los “cuatro” de trucar da un cierto peso al argumento
sobre el trabajo de los archiveros, e incluso de los historiadores; los
negativos no han sido jamás destruidos.)
Ahora, puede que abandonase Ud. semejante entrevista con el
sentimiento de que la única explicación plausible a unas respuestas tan
“irracionales” es que tiene Ud. que vérselas con unos huéspedes dotados de un
nivel de comprensión teórica particularmente bajo; pero tras haber sometido en
ulteriores ocasiones las mismas “contradicciones” a otros anfitriones y haber
oído responderle unas variaciones sobre el mismo tema, sólo le quedaría escoger
entre dos explicaciones posibles (dejo de lado la tercera posibilidad, según la
cual es usted quien estaría equivocado y sus anfitriones tendrían razón). Una
primera explicación sería que se haya instruido sistemáticamente de antemano a
sus informadores sobre todo cuanto se sabía de usted y de sus dudas y que se
les hubiese dado consignas sobre lo que debían ser sus respuestas a todas sus
preguntas posibles e imaginables. Pensar esto sería, en mi opinión, absurdo. La
otra explicación posible sería que se hallase Ud. simplemente ante un hecho
objetivo, a saber, que en lo concerniente a las fotografías de los dirigentes
hay en China una opinión ampliamente extendida que no corresponde a la idea que
prevalece en algunos de los otros países que Ud. conoce. Como marxista, tendría
Ud. que destacar este hecho, asociarlo a otros hechos del mismo orden y someter
el conjunto a un análisis, utilizando los métodos que le son familiares. Pero
no veo en absoluto cómo una de esas explicaciones podría inclinarle a concluir que
una línea revisionista está triunfando hoy —por oposición a, digamos, hace dos
años, o hace diez años. Si quiere Ud. pruebas en apoyo de este argumento,
revise los números de La China en construcción de 1967 y de 1968 y
contemple las fotos. Ciertamente, le resultaría difícil atribuir la práctica
del trucaje a un único equipo dirigente. [pp. 142 y ss. de la v. fr., 27 y s. de la ing.]
Bettelheim incidía sobre esta cuestión en otros dos interesantes pasajes,
donde la cuestión particular de la falsificación fotográfica se relacionaba con
la extirpación de la memoria histórica:
Cuando se trata de denunciar a antiguos cuadros
eliminados por haber actuado de una manera juzgada “errónea”, el recurso a
estereotipos se halla también entre los más corrientes. Casi todos son acusados
de haber sido “espías” o “agentes secretos”. En tales términos ha acusado Kiang
Ching a numerosos escritores y artistas a lo largo de la Revolución cultural, y
del mismo modo ha sido acusado él a su vez. De nuevo se “cuelgan etiquetas” en
lugar de presentar un análisis concreto. La repetición de un método semejante
implica que en lugar de dar explicaciones a las masas populares, se les niega
toda explicación. Se oscurece así su propia historia, del mismo modo que
se procura arrancarles su memoria histórica, y así desarmarlos,
utilizando documentos cercenados o distorsionados, o falsificando fotos. Aquí
no se trata sólo de una ausencia de análisis, sino de desprecio hacia las masas
populares. [P. 87, n. 66 en la v. fr.; p. 123, n. 40 en la v. ing.]
Y también:
En suma, sabemos que la emancipación de los
trabajadores no puede obra más que de los propios trabajadores. Obstaculizar el
desarrollo de la actividad de las masas equivale a oponerse a la continuación
de la revolución. Además, ésta no puede proseguirse cuando se ponen barreras a
la libre organización de los trabajadores; cuando se hacen tentativas de imponer
a las masas populares y a los miembros del partido un “pensamiento unificado”,
ya sea que esto se haga persiguiendo y reprimiendo a quienes “piensan distinto”
que los dirigentes, o bien organizando sesiones de discusiones que vuelven a la
repetición pura y simple de lo que se considera, en tal o cual momento, como
“justo”. La continuación de la revolución también se vuelve imposible cuando se
ponen obstáculos a la actividad de las masas instaurando un monopolio de la
información o deformando la verdad histórica —pues semejante deformación impide
a las masas populares apropiarse de su propia historia, y por tanto de actuar
con conocimiento de causa sobre el presente. A la larga, estos diversos
obstáculos no pueden conducir sino a derrotas en la lucha por el socialismo;
son contrarios a los requisitos de la emancipación de las masas, al desarrollo
de la experimentación social y de los conocimientos científicos, a la
apropiación general de estos conocimientos y a una acción política fundada
sobre los mismos. [pp. 112 y s. en ambas ediciones.]
Hasta aquí lo que respecta a este debate particular entre Bettelheim y Burton
sobre el sentido de las falsificaciones fotográficas. ¿Cómo lo interpreto y lo
sintetizaría yo mismo? De manera sencilla, creo: eliminar o incluir
artificialmente en una foto algún personaje o algún otro elemento obedece a un
propósito ideológico, es decir, tiene que ver con el hecho de que la foto en
cuestión sirva para ilustrar coherentemente un argumento, según el cual tal o
cual personaje u objeto debería estar lógicamente presente o ausente,
aunque de hecho no sucediese así en el momento de tomar la foto. El requisito
de conservar la foto tal como se tomó obedece a otros propósitos, y puede ser
indiferente o incluso contrario al del valor o la utilidad de su
contenido.
El de autenticidad no es un concepto unívoco ni fácil de comprender.
Menos aún lo es el de la originalidad. (Recordemos a T.S. Eliot cuando
aseguraba que el poeta completamente original es el poeta completamente malo,
opinión que han compartido la mayoría de los teóricos del arte y de la
literatura; para el arte clásico esto es muy claro, pero generalmente se admite
que el juicio sirve para toda clase de expresión creativa: ser universal
es el ideal de la creación artística, y ello se opone, en un sentido muy
riguroso, a ser “original”; lo absolutamente original es lo absolutamente idiota;
la extravagancia de cada lunático, el capricho espontáneo de cada quisque, es
perfectamente original y a menudo francamente inimitable; la genialidad de
quien demuestra un teorema o produce una obra de la fantasía universalmente
comprensible y significante es lo que debería o desearía lograr cualquier
hombre inteligente…)
Pero volvámonos hacia el sentido objetual u objetivo de la
autenticidad y la originalidad, referido a la materialidad del monumento o
documento (por oposición al sentido subjetual o subjetivo, referido al
valor intelectual de la fantasía artística o la imaginación científica.)
Una de mis pocas convicciones tempranas que no se ha ido deteriorando con
el tiempo es la de que, como afirmaba el arqueólogo Ranuccio
Bianchi-Bandinelli, lo más característico, la victoria intelectual más grande
de la mentalidad moderna occidental consiste en «pensar históricamente» —lo que
en mi opinión es sinónimo de pensar «lógicamente», en términos de antecedentes
y consecuentes que valen como causas y efectos, por más difícil que sea
identificarlos correctamente. Y esto se percibe sobre todo en el moderno empeño
institucional en conservar todo cuanto tiene —o se cree que tiene— valor
histórico, en una palabra, los monumentos y documentos. Pero
hay un grado superior, quintaesenciado, del moderno culto a los monumentos —se
diría que nuestra única y verdadera religión—, que es lo que Alois Riegl, hace
un siglo, llamó el valor de antigüedad. Así como el valor artístico (o
en general el valor intelectual) pudo, sobre todo a partir del Renacimiento,
relegar el valor de utilidad, el valor histórico acabó también, durante el
siglo xix, por subordinar casi
completamente al valor artístico. Y aún más radicalmente, el más puro y simple valor
de antigüedad acaba por reinar indiscutiblemente, como nuestro más sagrado
valor, sobre el sofisticado y “culto” valor histórico. Que es como decir que
sólo queremos la verdad, caiga quien caiga; que es también como decir que
aspiramos siempre a la objetividad. Porque la antigüedad de un
documento es su propia realidad material, su autenticidad, con
independencia de que adquiera o no valor histórico o cultural, con
independencia de que se incardine o no significativamente, trascendentalmente,
en nuestra historia, o sea con independencia de la importancia intelectual que
le atribuyamos.
Voy a procurar no extenderme fatigosamente en este asunto, aunque también
evitaré ser demasiado sintético, porque ello acarrearía muchos malentendidos.
Me permitiréis, pues, realizar una pequeña excursión dialéctica.
Sería precipitado creer que este valor supremo e insubordinable de
autenticidad (o de antigüedad) reina ya soberanamente y sin obstáculos sobre
nuestras modernas conciencias y nuestros juicios habituales. Ni siquiera los
expertos en conservación de monumentos están siempre dispuestos a renunciar a,
por ejemplo, proteger los valores históricos y artísticos aun cuando éstos
entren en colisión con una autenticidad radical. Sólo Riegl fue tan
inhumanamente consecuente y lógico, recalcando que el destino de cualquier obra
natural o artificial, como el destino de los hombres, es la muerte.
Hagámonos la siguiente pregunta introspectiva: ¿Por qué nos “gustan” las
ruinas?, y tratemos de respondernos con toda franqueza a nosotros mismos. Me
parece indiscutible que el placer estético sólo puede ser satisfecho, en un
temperamento normal, por una obra acabada y entera, y nunca por una ruina. Lo
que estéticamente produce la ruina no es placer, sino dolor. La reconstrucción
del Partenón de Nashville, salvo el enclave y la dudosa exactitud de los
detalles, nos impresiona estéticamente más que las ruinas de la Acrópolis. Sin
embargo, éstas son auténticas, y aquélla una suerte de decorado hollywoodiense
cartón-piedra. La emoción que nos produce la visita de las ruinas auténticas no
es estética, sino intelectual: es por el hecho de ser verdaderas, de no estar
falseadas ni reintegradas ni interpretadas, a pesar de que nos roben el placer
de contemplar cómo fueron realmente. Es decir que son verdaderas como entes
muertos, pero falsas (incompletas, precarias, inútiles) como entes vivos. Si al
visitar un castillo medieval lo hallásemos intacto, la experiencia sería
intelectualmente desagradable, porque nos causaría la impresión de un falso
completo. Si, por el contrario, visitásemos una iglesia barroca en ruinas, nos
produciría también una desagradable impresión, la de alguna catástrofe
antinatural, la de un deterioro accidental —porque no ha pasado tanto tiempo
como para que se halle en ruinas. Y es que nuestro sentido de lo verdadero
requiere que cada cosa parezca lo que es, que acuse el paso del tiempo que
realmente ha vivido. Así, ante un monumento exigimos el mismo tipo de veracidad
o sinceridad que ante una persona: si nos encontramos con un muchacho de 13
años lleno de arrugas, sentimos que su aspecto es anómalo, accidental, que su
avejentamiento es prematuro, consecuencia de alguna terrible enfermedad;
igualmente, si nos encontráramos con un anciano de 80 años que tiene el aspecto
de un joven de 20, nuestra impresión sería también terrible, como la de estar
ante algún diabólico prodigio. Pero me parece que consentiríamos en que este
último fenómeno llegase a hacerse común, mientras que quisiéramos que los casos
de envejecimiento prematuro se extinguiesen. Del mismo modo, todavía es fuerte
la tentación de retocar los monumentos para preservarlos de un ulterior
deterioro, incluso si es a expensas de su más radical autenticidad (como
consentimos en que la medicina intervenga para rejuvenecernos, aunque eso
signifique falsificar el aspecto que deberíamos mostrar de manera “natural”…)
En el siglo xix Viollet-le-Duc
y Ruskin personalizaron los dos polos de la actitud hacia los vestigios: el
primero pretendía restaurar los monumentos reintegrándolos a su estado original,
mientras que el segundo predicó el sagrado respeto a la autenticidad del
vestigio tal como el tiempo lo había dejado. Insensiblemente se fue imponiendo
el criterio de Ruskin, que a pesar de su aparente romanticismo es el único que
coincide rigurosamente con un propósito científico. Pero entre los orientales
no se ha producido en tan gran medida este deslizamiento hacia el valor de
antigüedad (autenticidad) como criterio supremo. Los japoneses conservan aún la
inveterada costumbre, ya olvidada y desacreditada entre nosotros, de restaurar
permanentemente sus templos, de manera que se preserven como el primer día.
Esto disgusta mucho a cualquier conservador occidental, produciendo incluso en
los turistas aficionados al arte la odiosa impresión de un falso histórico, de
manera que no les parece estar ante auténticos templos “restaurados”, sino ante
una reconstrucción integradora, como el Partenón de Nashville. Incluso las
columnas repintadas y los frescos restaurados en Cnossos por Arthur Evans hace
un siglo, aun siendo parciales, nos disgustan.
El hecho es que no se puede satisfacer simultáneamente el valor de novedad
(artístico) y el de antigüedad (autenticidad), porque son sencillamente
antagónicos y en rigor incompatibles. Entonces, depende de nuestros criterios,
de nuestra cultura, decidir cuál de ellos ha de sacrificarse, llegado el
momento de elegir.
Para nosotros es indiscutible que la autenticidad ha de ser el valor a
salvaguardar siempre, pero esta actitud es muy reciente en la historia. Y es,
por lo demás, el requisito prioritario para el archivero, el historiador o el
arqueólogo, como dice Burton en el caso de la conservación de los negativos
originales de las fotos. Los demás no tienen que sentir esta preservación como
una responsabilidad propia, ni como un imperativo de ningún tipo. Un parque de
atracciones o el Partenón de Nashville sirven a otros propósitos que no
perjudican la tarea de los conservacionistas.
Y también nosotros usamos las imágenes y otros objetos —y textos— según
propósitos que nada tienen que ver ni con la autenticidad ni con la
“objetividad”. No sólo se retocan las fotografías (en la publicidad y la
propaganda: un brillo en la nariz o los ojos, la eliminación de una mancha en
el pómulo, etc., en los retratos de los políticos durante las campañas
electorales, por ejemplo, o de toda clase de productos en reclamos
publicitarios), sino que ya cometemos una manipulación con sólo elegir
unas imágenes y descartar otras, o elegir unas palabras y descartar
otras, o unos argumentos, o unos hechos… nada de lo cual puede en
definitiva engañar al crítico ni al historiador avisados.
Se dirá que la eliminación de un personaje de una fotografía es una
intervención más fuerte, más descaradamente o más burdamente manipuladora. Pero
en mi opinión es al revés: esa falta de sutileza es también un signo de
franqueza, porque no puede engañarnos sobre la autenticidad material,
fetichísticamente. Sabemos que se trata de un montaje, y que por tanto
vale como símbolo, no como documento… Además, al añadir o
eliminar a un personaje de una foto, los chinos están apelando a los criterios
políticos, racionales, polémicos, es decir a la inteligencia de las masas,
mientras que al retocar los brillos y los colores nuestros propagandistas están
intentando aprovecharse de reacciones emocionales inconscientes o irracionales.
Supongamos que tenemos que ilustrar lo esencial de un partido de fútbol en
el que el equipo A jugó en general con un absoluto dominio, con una completa
superioridad sobre el equipo B. Tenemos un millar de fotografías de momentos
diversos del encuentro. Cada una de ellas es auténtica. Pero muy bien pudiera
ocurrir que ninguno de esos registros fotográficos casuales nos revelase
aquella manifiesta y verdadera diferencia; es más, podría incluso suceder que
casualmente todas esas fotografías sugiriesen que fue el equipo B el dominante
—o que algunas de ellas sugiriesen esto, y el resto no revelase nada
importante. Si en lugar de ellas se nos presentase un montaje que mostrase el
dominio de A sobre B, aunque supiésemos que no es una fotografía auténtica, la
aceptaríamos sin embargo como más verdadera, más real o menos engañadora. Lo
mismo podría suceder con un texto: si reproducimos literal y exactamente las
palabras pronunciadas por tal o cual escritor u orador, puede que estemos
falseando su expresión más que si parafraseamos atinadamente lo que en verdad
quiso decir y “realmente” dijo… (Una curiosidad: hay una web en que se
recopilan frases pronunciadas en algún momento por algún profesor universitario
en sus clases; no recuerdo el sitio, pero sí que estaban perfectamente
organizadas por universidades y facultades, etc.; en ella vi casualmente hace
unos años cuatro frases que yo mismo debía de haber formulado en mis clases, y
eran frases que, en su falta de contexto, tenían y no tenían sentido, podían
tener cualquier sentido, o ser completamente absurdas, y sin embargo no estoy
seguro de poder negar que objetivamente no fuesen frases literalmente
transcritas…) Y no se trata sólo del común error de descontextualización
—que también puede producirse—, sino de algo más serio, más inquietante. Algo
más parecido al problema que a veces plantea una traducción literal. A veces
las traducciones erróneas son más interesantes —y hasta podrían ser más
veraces— que las correctas. Aún recuerdo la sorpresa con que mi hijo mayor,
siendo aún un niño, vino a comunicarme el curioso pensamiento encerrado en una
frase de la traducción de La isla del tesoro que estaba utilizando, a
saber, que cierto personaje no sabía leer sino lo que está escrito; en
realidad, Stevenson sólo había indicado que aquel individuo no era muy
ilustrado, y no reconocía la escritura cursiva, sino sólo las letras de molde,
de imprenta; pero la traducción errónea era más jugosa: en efecto, hay personas
que no leen más que lo que está escrito, que no saben leer entre líneas,
intuir, interpretar… Pienso ahora en estas palabras que han sido pronunciadas
en mi presencia: “¿Creen ésos en Dios? Y no quiero decir si creen en su
existencia, porque es evidente que comparte esa alucinación, sino si creen en
Su palabra. Pues yo sí creo, creo en Cristo Nuestro Señor, que comprendía y
toleraba las pasiones, y pedía perdón por las faltas de los otros, que rogaba a
Nuestro Padre en los cielos que tuviese piedad de ellos, a pesar de que Él
mismo eligió el sufrimiento, eligió ser víctima y no verdugo, a pesar de que Él
mismo ahogó inhumanamente todas las pasiones de su pecho… etc.” El tipo que se
expresaba en semejantes términos tan conmovedores ¡es ateo! Pero cualquiera
podría utilizar sus palabras literalmente para mostrar a un cierto modelo de
católico. En varias ocasiones he oído y leído la estúpida afirmación de que
Einstein creía en Dios, porque dijo que «Éste no juega a los dados», como si el
simple hecho de mencionar al Altísimo involucrase creer en su existencia…
Y ya no os fatigo más, de momento. Dejadme sólo que vuelva sintéticamente
al asunto de las falsificaciones fotográficas de los chinos. Lo que Burton
decía con toda franqueza es que las fotografías tienen un uso polémico,
político, en la lucha de clases, que no suprime ni afecta en modo alguno a su
valor documental (puesto que se guardan los negativos, inútiles para la
propaganda, pero necesarios para el archivero y el historiador). Lo que yo
añado es lo siguiente: nosotros hemos aprendido a respetar y exigir
religiosamente la autenticidad, pero no podemos caer en el absurdo de creer que
la autenticidad es por sí misma el valor intelectual de un documento. Éste
puede ser auténtico y sin embargo carecer de significación, y viceversa.
PS. A propósito, envío en correo aparte varios documentos: un artículo de Gregorio
Morán, de 2007, sobre la diferencia entre autenticidad y originalidad, a
propósito de una célebre exposición de reproducciones (o sea falsificaciones)
de figuras de los famosos guerreros de Xian que se expusieron por aquellas
fechas en Hamburgo, junto a un par de noticias de prensa sobre el asunto, y
también el libro de Segall et al. que he mencionado más arriba y un
capítulo del libro de Nelson Goodman Los lenguajes del arte, que trata
sobre la imposibilidad del remedo perfecto (o sea de la falsificación
perfecta). Me interesa sobre todo que le echéis un vistazo al artículo de
Morán, porque es tan interesante como confuso y hasta absurdo. De hecho, en
aquel caso los chinos no sostuvieron un concepto de la autenticidad distinto al
nuestro, sino que las propias autoridades chinas denunciaron el caso como una
estafa. Sin embargo, como en el caso de las traducciones erróneas que dan más
juego que las correctas, es interesante plantearse el problema de qué es lo que
en verdad difiere en nuestra experiencia al contemplar, en lugar de una obra
auténtica, un remedo perfecto. Esto es lo que, con argumentos muy especiosos y
en mi opinión erróneos, trató también Nelson Goodman.
15 de mayo de 2012
RE: Sobre la falsificación de fotografías
[DE: José
Ramón García]
Yo me pierdo.
Ese tal Burton ¿no podría haber argumentado de una manera más clara? Yo ya dije
que me incluyo en el grupo de los tontos, y no es por humildad retórica como
creo que apuntaba José Ramuel, sino, porque realmente no lo entiendo. ¿Alguien
podría decirme si los chinos le comprendieron? Choque de culturas.
¡Leer y no
entender es bonito, leer y entender debe de ser la leche!
Respecto al
trucaje de las fotos chinas. Yo he visto algunas en una exposición de Caixa
Forum, y eran increíbles, me remitían directamente al Gran Hermano de G.
Orwell. Es una manera de manipular tan vieja como la humanidad, pero no por
ello más justificable.
El que te
puede manipular una foto y se queda tan ancho, también te puede manipular la
cara. Si todo vale, apaga y vámonos. Si manipulo fotos, puedo manipular textos,
estadísticas, resultados, discursos, fechas de caducidad, medidas, etc. Lo malo
de las fotos es que el trucaje, además suele ser bastante “cutre” si me
permitís la expresión. Con esto nos precipitamos en el resbaladizo y fascinante
dilema de qué es estético y qué no. Abramos otro debate.
A propósito,
para mí, una de las vergüenzas de esta crisis ha sido la poca falta de pudor y
sentido estético de los dos dirigentes de Alemania y Francia, que no han dudado
en escenificar que aquí los que mandaban eran solo ellos dos, y así salían de
la manita y hacían su puesta en escena. Bueno, por lo menos tenían la vergüenza
de no manipular la foto haciendo colocar a su lado la silueta de cartón y
piedra de otros supuestos líderes europeos. Al menos han sido coherentes con el
viejo dicho: al pan, pan, y al vino, vino.
Un abrazo y
feliz siesta para el que la pille.
14 de mayo de 2012
Sobre la falsificación de fotografías
[DE: Alberto
Luque]
Os decía antes
que mi interés por Mao siempre fue escaso, y no porque crea que no se trata de
un filósofo profundo, sino por circunstancias completamente casuales. La figura
de Chou En-Lai, por ejemplo, me atrajo mucho más en mi juventud.
A propósito
del tema de la revolución cultural china, envío un libro de Charles Bettelheim
que, al pasar los años, me parece más interesante que en su momento (porque
entonces sólo podía significar una voz a favor del maoísmo como tendencia del
movimiento comunista internacional, cosa que sólo podía interesar a los propios
maoístas; pero hoy sirve para reflexionar con suficiente distancia y
desapasionamiento sobre el sentido histórico y cultural del rumbo que Mao
quería haber dado a la revolución). Se trata de la carta de dimisión que el
propio Bettelheim, en 1976, dirigió a la Asociación de Amigos del Pueblo Chino,
a causa de lo que él consideró una traición de los nuevos dirigentes, y de una
posterior explicación, más detallada, de sus motivos para defender a la Banda
de los Cuatro como los auténticos herederos de la verdadera revolución
socialista de Mao; esta explicación sucede a las críticas que le hizo el
australiano Neil G. Burton, que por entonces trabajaba como funcionario para el
gobierno chino y que defendió al nuevo gobierno contra la Banda de los Cuatro.
Si os digo la
verdad, lo que más me interesó de este debate fue una cosa al fin y al cabo muy
teórica y casi sin trascendencia política aparente: la cuestión del lenguaje, y
en especial el modo de entender qué se quería decir exactamente cuando se
denunciaba el “trucaje” o falsificación de fotografías, práctica habitual entre
los chinos, y conocida antes como propia de las técnicas propagandísticas
estalinistas (por ejemplo, al eliminar la figura de Trotski al lado de Lenin en
las tribunas de los grandes mítines del período revolucionario). Me sorprendió
el criterio tan abierto y en verdad dialéctico y relativista de Burton al
juzgar esta cuestión, explicando que los chinos ni siquiera entenderían qué es
lo que les reprochan (una idea de diferencia de perspectivas, de choque
“cultural” que estamos muy dispuestos a admitir en los casos de inocentes
tribus salvajes, pero que en el caso de una potencia como China parece que nos
pueda el etnocentrismo). Se encuentra en las pp. 142 y s. de la versión
francesa, 27 y s. de la inglesa:
«Permítame
mostrarle cómo dos de los argumentos avanzados en su carta podrían ser
contemplados bajo una luz diferente tras un viaje aquí, incluso breve. En
primer lugar, si emprendiese Ud. una visita “tipo” a una fábrica de su elección
(digamos, por poner un ejemplo, la imprenta de la prensa en lengua extranjera),
podría, durante la habitual hora consagrada a las preguntas, plantear la
cuestión en apariencia contradictoria de la falsificación de las fotografías.
Las respuestas de sus anfitriones podrían variar en los detalles, pero creo que
en sustancia se reducirían a que la presencia de ciertos dirigentes, o su
retirada, en las fotos es esencialmente una cuestión de aprobación general o de
firme desaprobación de su línea política. Podría Ud. replicar que eso es
absurdo, que una foto no es jamás otra cosa que el reflejo de un acontecimiento
positivo. Tengo buenas razones para pensar que esto chocaría con el desacuerdo
de sus interlocutores y además le enseñarían que, si en alguna ocasión alguien
hubiese intentado obligar a los impresores a publicar tales o cuales fotos de
los dirigentes reunidos en ocasión del servicio fúnebre del presidente Mao, en La
China en construcción, Pekín información o La China en imágenes,
ello habría provocado una obstrucción enérgica por parte de los mismos
impresores. Si tales argumentos no le satisficiesen e insistiese Ud. en
inquirir por qué Hsihnua podía ser entonces tan hipócrita como para calificar
la misma técnica de cobarde cuando se empleaba por orden de los “cuatro”, le
recordarían irónicamente cuáles eran los individuos a quienes los “cuatro”
habían borrado de la foto. Si se empeñase entonces en un monólogo sobre la
mistificación y la mala conciencia, alguno de sus anfitriones un pelín
puntilloso podría muy bien darle la vuelta a la cuestión y ponerle al corriente
a propósito de las costumbres de redacción y de edición en Francia. En fin, si
alzase Ud. los brazos al cielo en señal de desesperación y se preguntase en voz
alta cómo podría tener un sentido la historia, sus oyentes probablemente no
comprenderían su dilema —o si lo comprendían, podrían muy bien replicarle que
la historia revela el trabajo de los archiveros y los historiadores, que la
práctica incriminada no concierne a la “historia”, sino a la lucha de clases
actual, y que de todas formas ningún historiador digno de este nombre podría
aspirar a ilustrar un trabajo con las fotos de personas tan despreciables como
los “cuatro”. (Dicho sea de pasada, la publicación reciente de algunas de las
fotos de que se ha acusado a los “cuatro” de trucar da un cierto peso al
argumento sobre el trabajo de los archiveros, e incluso de los historiadores;
los negativos no han sido jamás destruidos.)»
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