
A propósito de la xenofobia catalanista, he dicho en un comentario al artículo de Josep Maria Viola
«¿Secesión o sucesión? Mitos y perversidades del nacionalismo catalán» que, “tratándose de un
sentimiento, nada puede extrañarnos su carácter irracional e irrazonable”. Luego, en otro comentario a la entrada de Josep Maria Cuenca
«Sobre la eficacia comunicativa», he concedido algo así como una inteligencia de los sentimientos, la posibilidad de descubrir la verdad mediante un ejercicio de sinceridad, de «libertad sentimental». Parece una contradicción, y no quiero resolverla apelando al mirífico método del justo medio, diciendo que la verdad está en la mitad, como los jueves. Leo en el número de este mes de
Investigación y Ciencia un breve artículo de la profesora mexicana Ana Rosa Pérez Ransanz sobre el papel de la emotividad en la ciencia. “Los sentimientos de asombro, duda o curiosidad operan como poderosos motores de la investigación”, afirma. Pero ¿a qué clase exacta de sentimientos nos referimos con los endebles conceptos de asombro, duda o curiosidad y otros semejantes?