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8 de febrero de 2013

“Una estadística horripilante”: El suicidio como acusación

Alberto Luque

Sir John Everett Millais, Ophelia (1852).
He aquí una interesante nota publicada en Scientific American en 1863:
A shocking record. —The suicides in France now average ten a day; the number for the present century, thus far, is over three hundred thousand. Not a day passes in which a suicide may not be directly traced to want of success in life; to the false moralities inculcated by wicked or ignorant writers; to the failure of parents in obtaining a proper influence over their children; to unrestrained appetites and passions; and to the inability of multitudes “to get along in the world” prosperously, for want of thoroughness of preparation for their calling or station in life. —Hall’s Journal of Health. [Scientific American, t. viii, núm. 9 (28 de enero de 1863), p. 131.]

11 de enero de 2013

Fútbol, o De la complejidad de lo banal

Alberto Luque

Jugadores del Real Madrid —entonces Madrid CF—
en mayo de 1937, antes de comenzar un partido de
homenaje a la 21ª Brigada Mixta, en Chamartín.
Los antiguos griegos despreciaron el trabajo manual. Era inevitable, tratándose de una sociedad esclavista: el trabajo muscular era plebeyo. No por otra cosa, como apuntaba Marx, ni siquiera ese gigante del pensamiento que fue Aristóteles pudo descubrir cuál es la verdadera naturaleza del valor (de cambio) de las mercancías, pues no es otra que el trabajo (medio y socialmente necesario) invertido en su fabricación: “Aristóteles no podía descifrar por sí mismo, analizando la forma del valor, el hecho de que en la forma de los valores de las mercancías todos los trabajos se expresan como trabajo humano igual, y por tanto como equivalentes, porque la sociedad griega estaba basada en el trabajo de los esclavos y tenía por tanto como base natural la desigualdad entre los hombres y sus fuerzas de trabajo.” (El capital, t. i [1867], lib. i, cap. i.)

22 de septiembre de 2012

¿Qué pintan los sentimientos?

Alberto Luque

A propósito de la xenofobia catalanista, he dicho en un comentario al artículo de Josep Maria Viola «¿Secesión o sucesión? Mitos y perversidades del nacionalismo catalán» que, “tratándose de un sentimiento, nada puede extrañarnos su carácter irracional e irrazonable”. Luego, en otro comentario a la entrada de Josep Maria Cuenca «Sobre la eficacia comunicativa», he concedido algo así como una inteligencia de los sentimientos, la posibilidad de descubrir la verdad mediante un ejercicio de sinceridad, de «libertad sentimental». Parece una contradicción, y no quiero resolverla apelando al mirífico método del justo medio, diciendo que la verdad está en la mitad, como los jueves. Leo en el número de este mes de Investigación y Ciencia un breve artículo de la profesora mexicana Ana Rosa Pérez Ransanz sobre el papel de la emotividad en la ciencia. “Los sentimientos de asombro, duda o curiosidad operan como poderosos motores de la investigación”, afirma. Pero ¿a qué clase exacta de sentimientos nos referimos con los endebles conceptos de asombro, duda o curiosidad y otros semejantes?

17 de junio de 2012

Lenguaje/pensamiento, nacionalismo, religión


[DE: Alberto Luque]

[…]
La relación entre lenguaje y pensamiento es indudablemente muy estrecha, casi tanto como para justificar su absoluta identificación, el isomorfismo más completo entre uno y otro. Y en verdad que este acoplamiento cuasiperfecto ofrece un caudal de fenómenos fascinantes para la investigación científica y para la filosófica.
Pero también es interesantísimo examinar ese otro, digamos, 0,1% de fenómenos en que el contenido del lenguaje y el del pensamiento no sólo difieren, sino que de hecho resultan inconmensurables. Se trata de esos dos terrenos fronterizos y misteriosos en que podemos hablar, por un lado, de un lenguaje sin pensamiento, y, por otro, de un pensamiento sin lenguaje (es aún interesante a este respecto la teoría desarrollada hace ya casi un siglo por Lev Semionovich Vigotski).