El de hegemonía es un concepto tan polisémico que incluye categorías inconmensurables. Sólo su sentido formal es común a todas las acepciones, sentido más o menos estrechamente vinculado a su etimología, como poder de dirección, autoridad o influencia dominante. En sentido político, es extensivamente sinónimo de poder, o sea que acompaña a éste como la sombra al cuerpo. Aun así, no significa lo mismo —como no son lo mismo el cuerpo y su sombra—, y es necesario distinguir partes en tal concepto, y especialmente conviene distinguir la «hegemonía cultural». En los fundadores del marxismo ya queda meridianamente claro que la ideología dominante no es otra cosa, regularmente, que la ideología de la clase dominante. «Regularmente» significa: en los estadios históricos, más o menos dilatados, en que el orden socioeconómico es invariable y tenaz, en que la clase dominante lo es incontestablemente, porque las relaciones de producción se corresponden muy coherentemente con el modo de producción —es decir cuando éste no acusa una crisis global, no se resquebraja en su raíz, sino que soporta bien una miríada de pequeñas contradicciones ocasionales o más o menos persistentes. Así, el orden feudal es estable y hegemónico durante siglos tras la desintegración del orden esclavista, y el orden capitalista resulta ineludible tras la disolución del feudal. El endémico problema de la vivienda, o el de la delincuencia, o la corrupción, etc. son contradicciones soportables mientras no se intensifican, y no se intensifican por sí mismas, autónomamente —salvo en casos anómalos—, sino cuando todas las relaciones sociales acusan agudamente su contradicción con el modo de producción (la estructura de la propiedad, la propiedad privada de los medios de producción).
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17 de mayo de 2015
6 de diciembre de 2014
El círculo, la elipse y el regulador: En defensa de Podemos
Alberto Luque
Pierre Gassendi decía que uno debía guardar lo que ha escrito durante 30 años antes de ofrecerlo a la opinión pública, tras haberlo meditado y madurado. Él mismo no pudo cumplir su propio precepto, que quizá sólo era una forma de expresar, exageradamente, su acuerdo con Epicuro en llevar una vida clandestina. Yo también soy partidario de la vida latente epicúrea, sin exagerar. Es bueno pensar antes de hablar, pero no cuando esto significa cobardía, sino cuando significa honestidad intelectual, serenidad y temple. Lamentablemente, hoy en nuestro país nadie practica esta modalidad de la prudencia; lejos de meditarlo durante 30 años, se escupe lo que se siente en menos de 30 segundos. De modo que no existe ni verdadera reflexión ni verdadero diálogo. Este apremio indica un alineamiento perentorio, un estado de emergencia, de combate, y el lado positivo consiste en que revela una dilucidación de posiciones. Se está inmediatamente, incondicionalmente, enérgica y decididamente a favor o en contra de algo, lo que significa que ese algo no nos deja indiferentes. En este caso, ese algo entusiasmador es el «fenómeno» Podemos. El revuelo y la precipitación con que este partido es atacado es, pues, odioso intelectualmente, pero a la vez estimulante: nos empuja a tomar partido, nos obliga a escoger, y seguro que, bajo apremios tan rabiosos, muchos escogerán lo que más les perjudica. Hagámoslo, pues, sin demora, pero reflexivamente.
2 de mayo de 2013
Notas acerca de Gabriel Tarde: En torno al capitalismo tardío
Alfonso Claudiano
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| Gabriel Tarde (1843-1904) |
12 de marzo de 2013
De la inteligencia (1)
Alberto Luque
Oímos y leemos muy a menudo que Twitter, o la televisión, o los videojuegos, &c. nos «entontecen». Aunque posiblemente nos sentimos inclinados a compartir semejante juicio al 90%, a veces no podemos evitar la natural reacción que consiste en preguntarnos si quien dice tales cosas no es él mismo un tonto del culo. Como mínimo deberíamos preguntarnos si, al hablar de la inteligencia y la estupidez, estamos seguros de comprender del mismo modo y claramente lo que esos conceptos significan. La mayoría de las personas conciben la inteligencia, más o menos vagamente, como un conjunto muy amplio y casi indefinido de habilidades cognitivas y psicomotrices, y esto es como si en realidad tuviésemos que usar un plural, y hablar de muchos tipos de inteligencia. Pero esto supone desestimar lo más genuino de este concepto, que es la capacidad de comprender, y que por tanto encierra todo su contenido en el saber —que tampoco es, de entrada, un concepto diáfano ni simple.
8 de febrero de 2013
“Una estadística horripilante”: El suicidio como acusación
Alberto Luque
He aquí una interesante nota publicada en Scientific American en 1863:
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| Sir John Everett Millais, Ophelia (1852). |
A shocking record. —The suicides in France now average ten a day; the number for the present century, thus far, is over three hundred thousand. Not a day passes in which a suicide may not be directly traced to want of success in life; to the false moralities inculcated by wicked or ignorant writers; to the failure of parents in obtaining a proper influence over their children; to unrestrained appetites and passions; and to the inability of multitudes “to get along in the world” prosperously, for want of thoroughness of preparation for their calling or station in life. —Hall’s Journal of Health. [Scientific American, t. viii, núm. 9 (28 de enero de 1863), p. 131.]
27 de noviembre de 2012
A vueltas con el catalanismo: Una nueva Edad Media a contracorriente
Alberto Luque
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| Guilielmo Blaeuw, Mapa de Europa (1640-1643, Amsterdam). |
Si algún motto simple y espontáneo se impone como moraleja “histórica” para caracterizar las recientes elecciones catalanas es el de que Artur Mas —que ya es, definitivamente, Artur Menos— se ha caído con todo el equipo. Pero ha dicho este iluminado que su proyecto (la cosa esa que él llama “proyecto de futuro”) “no lo pararán ni los tribunales ni las constituciones”. ¿Qué podemos responderle? ¿Bastará con decirle, quienes no compartimos ni sus estupideces mesiánicas ni sus políticas capitalistas, que no le secundamos?
6 de noviembre de 2012
El término (de la) democracia
Xavi López
El recién desaparecido Eric Hobsbawm, en su libro La era del imperio, 1875-1914, hizo el siguiente comentario al hilo de su exposición del tema del imperialismo: «A diferencia del término democracia, al que apelan incluso sus enemigos por sus connotaciones favorables, el “imperialismo” es una actividad que habitualmente se desaprueba, y que, por tanto, ha sido siempre practicada por otros. En 1914 eran muchos los políticos que se sentían orgullosos de llamarse imperialistas, pero a lo largo de este siglo los que así actuaban han desaparecido casi por completo.» Es decir que el término ha caído en desuso debido a su reconocida mala prensa. Las crisis del colonialismo en el así llamado Tercer Mundo y el simultáneo auge de las democracias y de los poderes públicos en Occidente fueron las causas por las cuales el término «imperialismo» se convirtió en una evocación de todo lo abominable que hay en el mundo.
El recién desaparecido Eric Hobsbawm, en su libro La era del imperio, 1875-1914, hizo el siguiente comentario al hilo de su exposición del tema del imperialismo: «A diferencia del término democracia, al que apelan incluso sus enemigos por sus connotaciones favorables, el “imperialismo” es una actividad que habitualmente se desaprueba, y que, por tanto, ha sido siempre practicada por otros. En 1914 eran muchos los políticos que se sentían orgullosos de llamarse imperialistas, pero a lo largo de este siglo los que así actuaban han desaparecido casi por completo.» Es decir que el término ha caído en desuso debido a su reconocida mala prensa. Las crisis del colonialismo en el así llamado Tercer Mundo y el simultáneo auge de las democracias y de los poderes públicos en Occidente fueron las causas por las cuales el término «imperialismo» se convirtió en una evocación de todo lo abominable que hay en el mundo.15 de octubre de 2012
Criminalia curiosa: El delito fingido
Alberto Luque
No sé muy bien qué es verdaderamente la criminología. Mi interés en el asunto no ha sido tan grande como para leer algo más que a los clásicos de los siglos xviii y xix: Beccaria, Lombroso, Silvio, Garofalo, casualmente Vucetich… Respecto a la criminología más actual, mi conocimiento es fragmentario e indirecto, aunque bastante cumulativo: procede de la literatura y el cine, de la prensa cotidiana, de tratamientos marginales en estudios de más amplio espectro sociológico, y de algún que otro artículo sobre el particular. Además, ese interés personal y parcial en esa ciencia no se centra en el conocimiento pericial de sus técnicas, sino más bien en la estructura de sus categorías lógicas, como fuente de modelos argumentales, digamos.
No sé muy bien qué es verdaderamente la criminología. Mi interés en el asunto no ha sido tan grande como para leer algo más que a los clásicos de los siglos xviii y xix: Beccaria, Lombroso, Silvio, Garofalo, casualmente Vucetich… Respecto a la criminología más actual, mi conocimiento es fragmentario e indirecto, aunque bastante cumulativo: procede de la literatura y el cine, de la prensa cotidiana, de tratamientos marginales en estudios de más amplio espectro sociológico, y de algún que otro artículo sobre el particular. Además, ese interés personal y parcial en esa ciencia no se centra en el conocimiento pericial de sus técnicas, sino más bien en la estructura de sus categorías lógicas, como fuente de modelos argumentales, digamos.8 de octubre de 2012
Pensar, crear, resistir: las armas de Deleuze
Xavi López
“I would prefer not to“ (preferiría no hacerlo). La frase de Bartleby, que hoy día está ya algo manoseada, representa bien todo lo que fascinó a unos pocos estudiantes de filosofía de la segunda mitad de la década de 1990 en el pensamiento de Deleuze, especialmente de su valoración de las artes. La frase ponía sobre la mesa el problema del estilo, algo que suele preocupar mucho a los jovenzuelos narcisistas, aunque no sólo a ellos. En el “Bartleby de Deleuze” esos estudiantes, de los que yo formaba parte, no veíamos al rebelde metafísico nietzscheano, sino algo distinto; era una fórmula cargada de frescura, alejada de las lecturas heideggerianas de Nietzsche que venían de Italia (Vattimo) y de las teologías encubiertas (Lévinas). El modelo del rebelde en Deleuze era alguien totalmente ajeno al mundo intelectual: el escapista, el funambulista o el acróbata, el clown, es decir, un tipo de artista, pero también el nómada que borra tras de sí sus propias huellas, o incluso la Pantera Rosa, que pinta de rosa el mundo para así hacerse imperceptible. Cierta dosis de inocencia era fundamental en esos personajes. Eran una afirmación de la vida a través del juego, a través de la actividad artística, y se oponían, casi sin saberlo, al resentimiento, a la angustia que identificábamos no sólo con la imagen burguesa del mundo, sino también con la conciencia militante obrera, seria, sin humor, culpabilizadora.
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| Gilles Deleuze como Lamennais en George qui? (Michèle Rosier, 1973). |
3 de septiembre de 2012
RE: ¿De qué depende el éxito en el mundo artístico?
Nuria Peist
La reseña que Alberto realiza de mi libro me permite corroborar con alegría que la producción intelectual no se encuentra en la soledad del escritorio, del archivo o de la biblioteca, como tampoco es exclusiva de los debates muchas veces obligados y por desgracia poco registrados de los encuentros científicos. El diálogo producido por este tipo de intercambio, digamos informal, muchas veces permite no sólo afianzar nuestra identidad como investigadores gracias al reconocimiento mutuo, sino también hacer avanzar las ideas y, al compartirlas, dotarlas de mayor sentido. En ese aspecto, Alberto Luque siempre ha sido un interlocutor de lujo. Por su interés, por su entusiasmo, por su rigor y por su voluntad de compartir. Comentaré aquellas cuestiones de la reseña que considero oportuno aclarar o comenzar a debatir.
27 de agosto de 2012
¿De qué depende el éxito en el mundo artístico?
Alberto Luque
Nuria Peist,
El éxito en el arte moderno: Trayectorias
artísticas y proceso de reconocimiento, Madrid, Ábada, 2012.
Aprovecho este
precioso medio electrónico para presentaros y recomendaros un libro reciente, a
cuya autora me unen además vínculos académicos y de amistad. No voy a hablar
tanto sobre sus contenidos concretos como sobre los problemas que suscita,
sobre lo que hace reflexionar. Me parece que es parte del mérito del autor de
un libro tanto lo que explica como lo que no explica pero hace pensar.
¿Cuál es su tema? Dudo de que este singular tenga
jamás sentido, porque lo que decide el tema
no es el objeto mismo, sino el sujeto que lo interpreta, incluso si se trata de
un discurso que en sí mismo ya lo designa. El tema o el contenido es siempre la respuesta a una pregunta
previamente formulada, y es por tanto distinto según la naturaleza de esa misma
pregunta. El tema o el contenido de la Biblia, por ejemplo, es la palabra
revelada para un creyente, o el desarrollo de una moral antigua para un
filósofo, o el despliegue de unas costumbres para un antropólogo, etc. El tema
de Moby Dick es la aventura de la
caza de un monstruo, o bien la mística elucidación del sentido absoluto del Mal,
o…
9 de julio de 2012
Superstición, pereza y mercantilismo
Alberto Luque
“Azar objetivo” fue un tópico caro a André Breton —sobre todo en Nadja—, una de cuyas expresiones más típicas fueron los poemas al azar practicados por los dadaístas. Un caso de delirio por lo absurdo, en definitiva. Pero para la lógica —y para el materialismo—, el tema de la “objetividad del azar” es un asunto serio, que corresponde a un concepto diametralmente opuesto a aquella fantasía surrealista.
28 de junio de 2012
El relativismo cultural como falsa garantía del catalanismo
Alberto Luque
En su entrada del 3 de junio (Algo sobre el lenguaje y la idea de “Imperio”), Josep Maria Viola expuso tan breve como rigurosamente —y con una dosis de buen humor— la diferencia entre imperios depredadores e imperios generadores —idea que, entre otras muy penetrantes, podéis hallar más exhaustivamente desarrollada en Gustavo Bueno, España frente a Europa (Barcelona, Alba, 1999).17 de junio de 2012
Lenguaje/pensamiento, nacionalismo, religión
[DE: Alberto Luque]
[…]
La relación entre lenguaje y
pensamiento es indudablemente muy estrecha, casi tanto como para justificar su
absoluta identificación, el isomorfismo más completo entre uno y otro. Y en
verdad que este acoplamiento cuasiperfecto ofrece un caudal de fenómenos
fascinantes para la investigación científica y para la filosófica.
Pero también es interesantísimo
examinar ese otro, digamos, 0,1% de fenómenos en que el contenido del lenguaje
y el del pensamiento no sólo difieren, sino que de hecho resultan
inconmensurables. Se trata de esos dos terrenos fronterizos y misteriosos en
que podemos hablar, por un lado, de un lenguaje sin pensamiento, y, por otro,
de un pensamiento sin lenguaje (es aún interesante a este respecto la teoría
desarrollada hace ya casi un siglo por Lev Semionovich Vigotski).
14 de mayo de 2012
La violencia y el lenguaje
[DE: Alberto
Luque]
No puedo dejar
de reconocer con cuánta razón, surgida directamente de una bondad que conozco,
ha hablado José Ramón respecto al indeseable lenguaje agresivo que he usado, y
también respecto a la seguramente odiosa figura de Mao.
Bueno, la
verdad es que yo nunca he sido maoísta ni me había interesado mucho por la
figura de Mao, ni como teórico ni como político, hasta hace muy poco. No estoy
tan seguro de que fuese, como todo el mundo dice sin paliativos, y como José
María remarca, un asesino indistinguible de Hitler o de Mussolini. Aunque no
creo que fuese tan angelical como Robespierre, pienso que posiblemente la
leyenda negra que le hace parecer un sanguinario terrible sólo se deba a esa
especie de contrarrevolución que, tras la depuración de la famosa Banda de los
Cuatro, acabó con todas las expectativas de la revolución cultural (que en
opinión del propio Mao no era una atrocidad completa, sino algo así como un 70%
de cosas buenas y un 30% de cosas malas —lo que, en comparación con el 100% de
mierda pura en el antiguo régimen, o el porcentaje algo menor típico de los
países capitalistas, era, de ser cierto, un buen promedio de progreso). Lo más
sospechoso de esa historia negra es que coincidan las denuncias que el “mundo
libre” ha hecho de las atrocidades socialistas en China, justamente con las
acusaciones que los dirigentes que sucedieron a Mao hicieron contra sus
antiguos seguidores, y casi explícitamente contra el mismo Mao.
De todos los
grandes dirigentes comunistas del siglo xx,
sólo Stalin me parece el producto acabado de la vesania, la estupidez y la
deshumanización, de la corrupción y la traición a casi todos los principios no
sólo socialistas, sino simplemente racionales. Pero no me parece que éste fuese
también el caso de Mao. Tampoco es algo que me inquiete mucho. Mi ejemplo no
pretendía presentarlo como “modelo” ni de alta moral ni de socialismo
auténtico, sino de actitud valiente, genérica, frente a una intimidación; es
decir que sólo pretendía aquilatar las reflexiones de Žižek al respecto. El
hecho de que la figura de Mao pueda juzgarse desfavorablemente desde otros
muchos ángulos no es para mí un impedimento para tomarlo como modelo de otras
actitudes completamente lógicas.
De haber
tenido que escoger un modelo de persona buena, habría tomado al propio José
Ramón, si lo conocierais tan bien como yo. Pero insisto en que no se trataba de
eso. Aunque la comparación haga pensar en violencias terroríficas, yo sólo la
usaba como metáfora para referirme a la valentía que el 15-M demuestra en
términos de resistencia (que es lo que yo también me atrevo a llamar
violencia, o si queréis, contraviolencia). Lamento que mis ejemplos sugieran la
matanza. Lo que yo quería sugerir es algo que, con mayor fortuna, dijo un
médico en la manifestación del pasado sábado: “Hace un año que perdimos el
miedo, y ya no lo vamos a recuperar nunca.” Ahí está, que se quede perdido para
siempre.
El tipo de
valentía a que me refiero no es una valentía muscular, de combate físico, sino
una valentía intelectual, o si se quiere moral. Ni más ni menos que la de
economistas como Navarro y Cía, cuyo lenguaje es por lo demás de
tipo conciliador, reformista, moderado, etc. Yo simplemente advierto que contemplo
las cosas con la perspectiva olímpica desde la que la juzgan los imperialistas,
quienes no se engañan ante la forma moderada, pacífica y racional en que el
15-M o estos economistas discuten el sistema. Tarde o temprano
incrementarán las dosis de represión brutal para evitar todo poder alternativo,
todo orden social alternativo. Si llega el momento en que una fuerza social
progresista, como el 15-M por ejemplo, adquiera la hegemonía y tome el mando
político, será posible y deseable que esas reformas se hagan sin violencia
sanguinaria, porque los banqueros y adláteres que se opondrían carecerían de
fuerza suficiente.
11 de mayo de 2012
‘Hay alternativas’
[DE: Alberto
Luque]
Me ha llegado
por tres vías diversas la noticia de este libro de Vicenç Navarro et al.
que os reenvío. Dos de ellas son destinatarios de esta lista: Josep María
Cuenca, que la tomó de La Lamentable (http://lamentable.org/?p=4456), y
María José Vilalta, a quien llegó por medio de otros con el expreso deseo de
que se propale.
He esperado a
leerlo antes de reenviarlo (junto con otro de Galbraith sobre el crash del 29),
para cerciorarme de que realmente podía ser importante, al menos desde mi
propio punto de vista. Y sí, lo es. Es no sólo crítico y acertado, sino además
muy divulgativo, muy sencillo, nada técnico.
Como veréis en
la página de La Lamentable y en otros lugares de la Red, ese libro lo
han puesto sus autores en el dominio público porque la editorial Aguilar
finalmente rechazó su publicación. Una suerte, la verdad. A estas horas es
posible que el libro haya llegado a muchísimos más lectores de los que habría
alcanzado con una edición en papel.
Chomsky ha
redactado el prólogo, en el que me ha conmovido ver dos especiales referencias:
(1) la idea de
una “guerra de clases unilateral”, que ya en 1978 denunció el dirigente
sindical estadounidense Douglas Fraser (p. 9), y
(2) la
referencia al 15-M (p. 11).
En efecto,
existe, siempre ha existido, una guerra de clases, farisaicamente negada por la
burguesía; y es que en parte tienen (ahora) razón los capitalistas: no hay una auténtica
lucha de clases, porque los pobres no están luchando contra los ricos, pero los
ricos combaten permanentemente contra los pobres, por más pasivos o inofensivos
que éstos se muestren. La guerra de clases es, pues, unilateral, como
decía Fraser. Y esto es una anomalía incluso desde el punto de vista puramente
natural: normalmente, cuando el enemigo claudica, ya no hace falta seguir
machacándolo; pero hay enemigos implacables, y los nazis practicaron por
deporte el exterminio de judíos aun cuando éstos se comportaron como borregos
inofensivos, o quizá, con más intensidad, porque éstos se comportaron como
borregos inofensivos. Cazar moscas debe de ser para muchos una actividad
preferible a la más peligrosa de cazar leones.
Esta anómala
asimetría de la lucha me hizo pensar un poco más en lo que Žižek comentaba
acerca del valor especial de la valiente postura de Robespierre, debida
simplemente a que él no temía morir, y en particular a la especie de
comparación que hacía con Mao, a propósito de su postura frente a la amenaza de
aniquilación total por guerra nuclear. Mientras que la URSS adoptó durante la
guerra fría una postura de prudencia, volcándose diplomática y tácticamente en
la lucha por el desarme, a Mao se la repamplinflaban los falsos argumentos
intimidatorios. Es evidente que era preferible para la URSS no haber de dedicar
tanto esfuerzo industrial a competir en la carrera armamentística, porque de
ese modo podría haber elevado sensiblemente el nivel de vida de las masas, y
generar así más adhesión social. Pero los argumentos esgrimidos en la palestra
diplomática internacional no eran éstos (que habrían hecho sonreír a los
imperialistas, que justamente querían eso, estrangular a su enemigo), sino el
del peligro que una acumulación de armas de destrucción masiva suponía para la
existencia misma de la humanidad. Pero ¿qué podía importarle a los escorpiones
imperialistas la existencia de esa bondadosa rana llamada “humanidad”? Para
ellos, ese argumento del peligro de extinción completa sólo tenía un valor
intimidatorio. Es como cuando vienen a avasallarnos una pandilla de gánsters
(como en Los siete magníficos), y la mejor estrategia que uno encuentra
para afrontar la situación es no rebotarse, no armarse contra ellos, porque eso
será peor, una escalada de violencia, etc., etc. A los gánsters les debe
confortar esa lógica. Mao, en cambio, que como Robespierre no tenía miedo a
morir (a diferencia de los judíos frente a los nazis), escogía el “mal peor”:
si tenemos que desaparecer en una confrontación nuclear universal y definitiva,
así sea; total, nada dura eternamente, y lo que en especial no quiero que dure
es una vida en que se me ofende, se me humilla y se me intimida.
Lo que Mao
planteaba respecto a la fanfarronada imperialista de la guerra nuclear total es
lo que la población actual debería plantear frente al “argumento” disuasorio de
que una política socialista causaría el hundimiento del sistema financiero.
Precisamente, pues que se hunda. ¡Y a mí, qué! Ese sistema financiero no es
algo que me produzca ninguna felicidad. Hace unos días me sorprendió
(gratamente) oír de labios de una persona querida, pero cuyas ideas conservadoras
y su moderación son casi innatas, afirmar que el escándalo de la “crisis
financiera” y todo lo que acarrea es tal que habría que hacer borrón y cuenta
nueva, así de claro, empezar de cero, destruirlo todo, absolutamente todas las
bases de nuestra “civilización” y empezar de nuevo.
Me pregunto
qué es lo que nos acobarda, lo que nos frena. ¿Por qué no somos tan valientes
como Robespierre o Mao? ¿Por qué nos dejamos intimidar? ¿Por qué, como en el
chiste del jorobado, sólo esperamos quedarnos al menos como estábamos? Somos
todos unos pobres Hamlets atrapados en la obsesiva reflexión sobre el futuro,
el sueño o la pesadilla de la muerte, la “conciencia que hace de todos unos
cobardes”. Y así seguimos consintiendo, cada vez menos dosificadas, más brutales,
unas cotas de crueldad intolerables que parecen siempre ocurrir lejos, en otra
parte, esperando que no nos atrapen, para lo cual no hallamos mejor remedio
que, como Charlot, cerrar los ojos para escondernos.
La otra
referencia de Chomsky, al 15-M, me ha parecido también muy importante. Uno de
los más grandes sabios mundiales, ciudadano del país más poderoso de la Tierra,
no tiene mejor referente actual de resistencia que mencionar que el 15-M, un
movimiento surgido casi casualmente en Madrid (ciudad que posiblemente algunos
americanos no sabrán situar en el mapamundi), cuando aquí mismo, en España, se
nos intenta persuadir de que ese movimiento no significa nada o no tiene ningún
futuro.
He hecho
cientos de anotaciones en el libro de Navarro, Torres y Garzón, sobre todo en
relación con las doctrinas de Polanyi, Keynes y Galbraith. Las iré planteando a
medida que tenga tiempo de ordenarlas. Creo que este libro puede ayudar mucho a
tomar conciencia, a comprender, a discutir y a decidir. Y creo también que es
importante propalarlo, enviarlo a otros conocidos mediante el correo-e.
[…]
11 de abril de 2012
RE: La economía lúgubre
[DE: José
Ramón García]
[…]
Somos muchos
los indignados que contemplamos atónitos lo que está pasando. No
faltan personas lúcidas que nos desvelen el misterio de la cuestión, pero
¿qué podemos hacer? Ojalá hubiera líderes que fueran capaces de galvanizar
las energías, canalizarlas y marcarnos un rumbo. El 15-M fue un poco eso,
pero ahora falta algún faro bien visible. ¿No creéis?
[…]
-----------------------------------------------------------------------------------------------------
[DE: Rufino
Fernández]
Amigos, soy de
los que piensan que uno de los “errores” del movimiento 15M fue (y parece que
sigue siendo) no admitir liderazgo entre sus filas. Creo que confundieron el
trabajo asambleísta de propiciar las ideas y tamizarlas, hasta escoger las
mejores, con la posibilidad de que alguien las hilvanara y las hiciera llegar a
los foros que la “democracia” ha dotado para oírlas y aceptarlas/aprobarlas.
Pero para hilvanar, hace falta hilo y quisiera recordar aquí las palabras de un
escritor francés: Gustave Flaubert
Ce ne sont les perles qui font le collier, c’est
le fil.
[No son las perlas las que hacen el collar,
es el hilo.]
Todas las
asambleas deben de tener su continuidad en alguien que haga llegar las
ideas/decisiones a esos foros y ese alguien, además de exponer, deberá liderar
los movimientos para aglutinar la mayor fuera posible. Supongo que es el faro
que reclama el amigo José Ramón, con el que estoy de acuerdo.
El colmo de
esta situación de austeridad/pobreza a la que quieren someternos, lo tenemos en
las declaraciones de Alfredo Sáenz, el consejero delegado del Santander
(indultado por el gobierno anterior en su último consejo de ministros), que
ayer mismo hacía éstas declaraciones, en un encuentro financiero organizado por
ABC y Deloitte:
«No podemos
salir de la crisis basándonos exclusivamente en medidas de austeridad. Es
necesario generar crecimiento en Europa y para ello es fundamental que se
planteen reformas estructurales ambiciosas en economías en proceso de ajuste
como la española.»
Lo que
significa, y así lo aclaró, que serán necesarias medidas de impulso de la
demanda interna. ¡Menuda cara! Pero… ¿cómo va a haber demanda interna si somos
pobres en cola, en busca del plato de sopa delante de alguna de las casas de la
caridad?
En fin, en eso
estamos.
La economía lúgubre
[DE: Alberto Luque]
El destino señalado a los
parias de Europa, ya lo podemos contemplar en Grecia, donde el sueldo de
profesor de secundaria oscilaba entre 600 y 1200 euros, antes de aprobar las
crueles medidas de austeridad que ahora se le dictan desde el Cuarto Reich:
reducción de los presupuestos para enseñanza en un 60%, despido de 150.000
funcionarios, reducción del salario mínimo en un 20%… El Frente de Izquierdas
en Francia se opone frontalmente a esta “austeridad para los pobres”, correlato
lógico de la lujuria para los ricos: exige el impuesto progresivo, elevar el
salario mínimo a 1.700 euros, prohibir el despido en las empresas que tengan
beneficios, imponer tanto un salario máximo (del orden de 20 veces el salario
medio) como uno mínimo, y asimismo una renta máxima, etc. En fin, oponerse sin
complejos a esa farsa de la templanza para los pobres y la voracidad para los
ricos…
¿Acaso hay algo nuevo en
todo esto? ¿No nos llega al alma el lamento del Eclesiastés: Nihil
novum sub sole? Es la enésima repetición de las invariables consecuencias
de la “economía lúgubre” manchesteriana. El Gobierno de la Generalitat se
propone implantar el próximo curso la jornada intensiva en colegios e
institutos al objeto de ahorrar (15.000 millones de euros).
Pero ¿qué es lo que se ahorra con medidas así? Los servicios
públicos, lo que el Estado está obligado a garantizar a los ciudadanos. Y con
toda desfachatez, unos ignaros “economistas” del tres al cuarto, que sin
entender ni palotada del funcionamiento real de la economía capitalista pasan
por “expertos” porque conocen las “recetas técnicas” para impedir que el gran
capital financiero se derrumbe, nos dicen que es “lógico” ahorrar “cuando se ha
gastado demasiado”. Esto será muy “lógico” para una racional economía
doméstica: uno no puede gastar mucho más de lo que ingresa, a menos que se le
amplíen los límites del crédito; pero ¿qué subnormal puede pensar que la
economía del Estado se ha de basar en la misma “lógica” que la de un
trabajador? Aquí es al revés: el Estado no puede ingresar menos de
lo que necesita gastar; si se necesita más dinero para, digamos,
policía, o escuelas, u hospitales, o jueces, o lo que sea que se considere
bueno y deseable, entonces debe subir los impuestos hasta recaudar la cantidad
justa. Pero los muy ricos, que pagaban entre el 55 y el 75% de su renta hasta
los años 70, ahora apenas pagan un 12%-15% (sin contar con las amnistías a los
más delincuentes). El “uno por ciento” al que a menudo se ha referido Stiglitz
es dueño del 90% de la riqueza, y resulta que el Estado debe contentarse con
recaudar sus fondos del restante 10% que poseen los más pobres. No hace falta
ser ni muy espabilado, ni muy experto, sino sólo saber contar con los dedos,
para comprender la tomadura de pelo.
Así que el gobierno va a
“ahorrarnos” esos servicios que se nos deben, y se supone que, al oírles hablar
de este modo, debemos aplaudir su prudencia y su previsión, que debemos
alegrarnos de que ya no se despilfarre el dinero en nosotros, los pobres, que
no sabemos cómo usarlo sensatamente, sino que se lo dejemos todo a los ricos,
que, como decía de sí mismo Sir Humphrey Pengallan (Charles Laughton) en La
Posada de Jamaica, de Hitchcock, son los únicos que realmente saben cómo
gastarlo. Y aun así, supongamos que fuese razonable tolerar esos recortes
—quizá porque los pobres debamos tener más sentido de la responsabilidad y
estemos mejor entrenados para la austeridad—, supongamos que fuese sensato ser
tan generosos con los ricos, que tanta necesidad tienen de ganar más y de
“ahorrarnos” el disfrute de nuestras necesidades, porque así, se nos dice,
ayudamos a mitigar la “crisis económica” —un curioso eufemismo para nombrar a
una bacanal romana. ¿En qué partidas se “ahorra”, por ejemplo, al practicar la
jornada intensiva en los colegios? En transportes escolares, comedores y
calefacción, básicamente. Pero entonces, ¿de qué vivirán los autobuseros, los
cocineros y los trabajadores de la industria eléctrica y de hidrocarburos?
Cualquier niño es capaz de contemplar el ciclo vicioso que se desarrolla a
partir de una situación semejante en una economía liberal: más desempleo —
menos consumo — menos oportunidades de negocio — más desempleo. Un círculo
maravilloso de retroalimentasión positiva, como una bomba de fisión.
Así está el tema…
[…]
11 de enero de 2012
RE: Polanyi
[DE: Víctor Bretón]
Sí, en efecto, La
gran transformación es un libro de culto, de esos que no pasan de
moda, que van más allá de la coyuntura en que fueron escritos y, en el caso que
nos ocupa en particular, que han tenido menos reconocimiento explícito del que
merecen. Digo esto, entre otras cosas, porque es anterior a los textos clásicos
de Raúl Prebisch y los primeros cepalinos, considerados como poco menos que
fundacionales en las interpretaciones sistémicas de nuestro querido
sistema-mundo capitalista.
Me pasé muchos años
predicando (con poco éxito, la verdad) las bondades de Polanyi, sobre todo
resaltando su audacia y su valentía intelectual al enfrentarse (básicamente en
sus textos de Comercio y mercado en los imperios antiguos) a la
ortodoxia intransigente de sus colegas neoclásicos y marginalistas. Eso era
cuando daba clases de Antropología Económica, una materia que, por desgracia,
fue perdiendo estudiantado con el paso de los años hasta desaparecer como un
azucarillo en un vaso de agua caliente…
Lo de Stiglitz es harina
de otro costal. Un individuo que formó parte del staff del
Banco Mundial (número dos de la institución y cheff-economist),
espíritu del conocido como Post-Washington-Consensus (esto es, el intento de
dar un barniz social a las políticas neoliberales amparadas por el Banco) y
que, años después, se pasea por el orbe sentando cátedra contra la
globalización neoliberal y con un caché (mínimo) de 5.000 dólares por charla,
no me merece confianza ni para tomar café, esa es la verdad…
Gracias Alberto por los
textos.
Saludos desde los Andes.
Víctor.
10 de enero de 2012
Polanyi
[DE: Alberto Luque]
Como os he prometido en
diversas ocasiones, os envío el libro de Polanyi La gran transformación,
y otros relacionados (la introducción de Godelier a Comercio y mercado…,
el excelente ensayo de Burawoy sobre la confluencia entre el pensamiento de
Polanyi y el de Gramsci, y otros). Víctor [Bretón] ya conoce bien la obra de
Polanyi, y le merece la misma admiración, si no más, que a mí mismo; quizá
encuentre interesante discutir a propósito del modo en que sus ideas son
adheridas por Stiglitz, a quien no admira en absoluto.
Mi descubrimiento de Polanyi ha sido
reciente; hasta hace muy poco, las referencias ocasionales de este autor en
textos de antropología que habían caído en mis manos versaban sobre detalles
intrascendentes que no habían suscitado mi curiosidad. Pero la última de estas
referencias la he hallado en un libro tan peregrino como insultante: Los
enemigos del comercio, de Escohotado, del que de momento sólo se ha
publicado el primer volumen (Antes de Marx). Escohotado hace una
referencia a Comercio y mercado…, sobre la que pasa como sobre
ascuas, en su absurdo empeño en presentar a todos los críticos del liberalismo
(o de la mercantilización) como fanáticos, moralistas, envidiosos o resentidos.
Esta obra de Escohotado merecerá una severa crítica sólo si llega a publicar el
segundo volumen.
Lo que ha despertado en mí un interés que
hacía tiempo no sentía por ninguna nueva doctrina, ha sido el modo en que, a
pesar de la parcialidad y hasta debilidad teórica —bien argumentada por
Godelier— derivada de ignorar las contradicciones fundamentales de la economía
capitalista, que no se dan en el terreno del intercambio, sino en el de la
producción, me parece que Polanyi no contradice el marxismo —a pesar de sus
ocasionales referencias al marxismo «vulgar», etc.—, sino que lo consolida y lo
complementa. La oposición entre «sociedad» (o «sociedad civil», como en
Gramsci) y «economía» es sin duda una enorme abstracción sociológica, pero muy
manejable y útil. En vista de los aparentemente «espontáneos» movimientos de
protesta y de resistencia ciudadana en todo el mundo, más que simbólicamente
representados por el movimiento 15M, la idea de una contradicción entre el
mismísimo «derecho a la vida» y la economía capitalista me parece que
proporciona un lenguaje no sólo eficaz e inteligible en el terreno de la
crítica socio-política, sino más eficaz e inteligible, por ser más
humanitarista, menos áspero, que el lenguaje un tanto «terrorista» del marxismo
clásico —un «terrorismo» en el sentido de una intolerancia lógica, científica,
de una exigencia crítica radical, sin ambigüedades.
Tony Judt, desde posiciones en mi opinión
demasiado testimonialistas, casi retóricas, e idealistas (en suma, tímidamente
socialdemócratas), ha enfatizado la necesidad de un «nuevo lenguaje» para
defender las perennes aspiraciones a una justicia social. Me parece acertado.
No se trata, creo yo, de una nueva teoría social, sino de volver a hacer
comprensibles y útiles ideas que fueron formuladas en otra época y en un lenguaje
que a veces sólo parece comprensible para los historiadores. (Algo así como
poder leer a Shakespeare traducido al español de nuestros días, y no al español
del siglo xvii.)
[…]
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