Mostrando entradas con la etiqueta catalanismo. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta catalanismo. Mostrar todas las entradas

5 de octubre de 2017

Secesionismo: La persistencia de la ficción

El Criticón

«Fem història». I tant que heu fet història…!, la que os ha dado la gana, por cierto. Pero, sinceramente, tampoco creo que deba llevarse a asombro nadie de los que aún tengan dos dedos de frente —esos pocos, estadísticamente hablando, a quienes el incesante bombardeo propagandístico no les ha dejado hecho polvo el cerebro—, ya que este fenómeno, el de la manipulación histórica por parte de los nacionalismos, como bien es sabido, no es en absoluto novedoso. Y tampoco es este vídeo un caso excepcional, muy al contrario.

El vídeo al que se hace referencia puede verse aquí.

Del todo punto inútil, o imposible, sería poner aquí por escrito una refutación suficiente de las incalculables sandeces que se dicen en este vídeo. Lejos de mí tal pretensión; menos aún tratar de convencer o persuadir a nadie, pues esa forma de interacción tan sólo es válida ante dos opiniones divergentes que partan de hechos objetivos y verificables. Y no es este el caso.

30 de septiembre de 2015

Lo ingenioso y lo juicioso (Podemos, España)

Alberto Luque

La reciente campaña electoral en Cataluña necesariamente ha tenido que parecer escandalosa y repugnante a muchos. Porque lo ha sido, de la cabeza a los pies. Ha sido, ante todo, una campaña ingeniosa. Una verdadera apoteosis de ingenio, lunatismo y extravagancia. Las ocurrencias de unos y otros —incontables y reiteradas hasta la náusea— han alcanzado, en efecto, las más altas cumbres históricas de lo ingenioso, que es —para Kant y para cualquiera que razone bien— lo opuesto a lo juicioso. Como habitualmente en este blog se plantean y se discuten temas de alto vuelo teórico, y además se hace de propósito también con método y filosofía, casi les parecerá a muchos —a veces a mí mismo— un error descender al fango oscuro del griterío mal llamado «político», que en nuestros días está más cerca de la verdulería, la superstición o la prensa amarilla que de la filosofía. Pidámosle a cualquier militante o dirigente de cualquier partido político, al azar, que tome algún libro de historia de las ideas políticas (el de Sabine, por ejemplo), y me juego el páncreas a que le produce algún brutal efecto somático: desorientación, vértigo, náuseas, escozor… o bien lo deja estupefacto e inquieto, al comprobar la insalvable sima que se abre entre su ignorancia, lo que él llama «política», y lo que significa realmente la política.

17 de abril de 2013

El nacionalismo a debate

Alberto Luque

A lo largo y ancho de este blog se han planteado y discutido muchos aspectos del nacionalismo separatista que lo retratan como una ideología esencialmente irracional e incivil. Enumeremos sintéticamente los más destacados:
(1) Su fundamentación mítica, basada en falacias históricas y anacronismos y en toda suerte de instancias etnicistas y espiritualistas.
(2) La índole alucinatoria, irritante, del concepto etnicista de nación, y la más aberrante aún que asocia la idea de nación a la lengua (lo que no sólo tiene que ver con una incomprensión de la idea de nación política, sino peor aún, con un concepto esencialista, místico y garrulo de la lengua).
(3) Su carácter civilmente irresponsable, deletéreo, enemigo del derecho.
(4) Su papel de apantallamiento ideológico, de desviación de la atención a los problemas verdaderos, de orden socioeconómico.
(5) La incompatibilidad del nacionalismo con la sociología científica que anima el marxismo, o en términos más prácticos, la falaz y absurda amalgama de socialismo y nacionalismo.
(6) La ambigüedad imbele del federalismo como solución de compromiso entre el delirio independentista y la solidaridad orgánica de la nación española.

27 de noviembre de 2012

A vueltas con el catalanismo: Una nueva Edad Media a contracorriente

Alberto Luque

Guilielmo Blaeuw, Mapa de Europa
(1640-1643, Amsterdam).
Si algún motto simple y espontáneo se impone como moraleja “histórica” para caracterizar las recientes elecciones catalanas es el de que Artur Mas —que ya es, definitivamente, Artur Menos— se ha caído con todo el equipo. Pero ha dicho este iluminado que su proyecto (la cosa esa que él llama “proyecto de futuro”) “no lo pararán ni los tribunales ni las constituciones”. ¿Qué podemos responderle? ¿Bastará con decirle, quienes no compartimos ni sus estupideces mesiánicas ni sus políticas capitalistas, que no le secundamos?

30 de octubre de 2012

Wert y la tentación metonímica

Josep Maria Cuenca

[Artículo originalmente publicado el 17 de octubre en La Lamentable (lamentable.org).]

Foto caricatunya.blogspot.com.
Es una pena que el alud de comentarios y opiniones provocado por las acéfalas palabras del ministro Wert no haya servido para introducir un poco de racionalidad en el debate del así llamado problema catalán. De hecho, para lo único que ha servido ha sido para que la comunidad nacionalista catalana ponga en marcha una vez más su deletéreo oportunismo y para que la candidez de mucha gente lo secunde sin más (y con Mas, claro está). Me entristece y agota comprobar cómo gentes que considero honestas han recurrido a argumentos simplistas, incompletos y en el fondo falsos para impugnar la estúpida torpeza del ministro de educación, cultura y deporte. Me refiero exclusivamente a las personas de convicciones igualitarias (por decirlo de un modo genérico), puesto que las opiniones de los nacionalistas de uno y otro lado, o sea, de los derechistas (por decirlo de un modo simple y claro), sólo las tomo en consideración para rebatirlas por su simplismo, incompletitud y falsedad.

18 de octubre de 2012

Manifiesto federalista


Ilustración de la revista satírica La Flaca (1870).
El manifiesto federalista que reproducimos ha sido publicado en la web Federalista i d’esquerres, donde hallaréis también el texto en catalán, la lista de los adherentes, la dirección de contacto y los comentarios que va suscitando entre sus lectores allí. No lo reproducimos porque lo secundemos, sino porque nos parece importante discutirlo, ni más ni menos que el resto de los pronunciamientos políticos de derecha o de izquierda, nacionalistas o antinacionalistas, y por ser una muestra viva y polémica de los temas que vienen tratándose en Constelación desde hace meses.

Por la justicia social y la razón democrática
Llamamiento a la Cataluña federalista y de izquierdas

19 de septiembre de 2012

Sobre la eficacia comunicativa

Josep Maria Cuenca

Nada hay más agotador y deprimente que pretender impugnar una fe con argumentos racionales. Es como hablar en zulú a alguien que sólo habla en ruso. De ahí que en semejantes circunstancias la única manera de llegar a alguna conclusión medianamente positiva sea intentar convencer al creyente de que su fe es un asunto privado, íntimo, y que en consecuencia sería aconsejable que en los debates públicos no ocupara un lugar esencial. Hay creyentes que lo admiten. Recuerdo que con motivo del bicentenario del nacimiento de Charles Darwin, en 2009, un programa de la televisión pública catalana (no recuerdo si fue TV3 o el Canal 33) invitó a varios científicos, uno de los cuales era cristiano. Al ser éste preguntado sobre si se podía ser cristiano y evolucionista al mismo tiempo contestó de un modo concluyente: “Por supuesto que sí”. Por desgracia, se trata de un caso excepcional; pero en cualquier caso ilustra de un modo espléndido cómo personas que profesan una fe religiosa son capaces de ser moral e intelectualmente racionales.

15 de septiembre de 2012

Gente encantadora

Josep Maria Cuenca

[Artículo originalmente publicado el 14 de septiembre en La Lamentable (lamentable.org).]

No soy masoquista —lo juro— aunque entiendo que mi credibilidad parezca escasa ante lo que voy a decir tras el siguiente punto y seguido. Admito que el pasado 11 de septiembre me tragué enterita la fascinante retransmisión que la televisión pública catalana hizo de la manifestación independentista de Barcelona. Que una televisión pagada por todos los administrados de un país se ponga con total desvergüenza al servicio de un proyecto político —la así llamada construcció nacional— que ignora por lo menos a más de la mitad de esos administrados resulta alucinante y deprimente; si bien no es más alucinante y deprimente que escuchar en boca de muchos supuestos progres debidamente subvencionados (o atemorizados) que TV3 es un canal serio y objetivo. Y esto se escucha todos los días y, sin duda, se seguirá escuchando.

28 de junio de 2012

El relativismo cultural como falsa garantía del catalanismo

Alberto Luque

En su entrada del 3 de junio (Algo sobre el lenguaje y la idea de “Imperio”), Josep Maria Viola expuso tan breve como rigurosamente —y con una dosis de buen humor— la diferencia entre imperios depredadores e imperios generadores —idea que, entre otras muy penetrantes, podéis hallar más exhaustivamente desarrollada en Gustavo Bueno, España frente a Europa (Barcelona, Alba, 1999).

Sobre los mitos catalanistas

Alberto Luque

¿En qué consiste el mito de la “persecución de la lengua”, ahora hiperbólicamente elevado a la categoría (retórica, no jurídica) de “genocidio cultural”? (La pregunta pude ser formulada bajo otro ángulo, de manera que su respuesta exija esclarecer más aspectos del tema: ¿Por qué decimos que tal cosa es un mito, una invención falaz?)

17 de junio de 2012

Lenguaje/pensamiento, nacionalismo, religión


[DE: Alberto Luque]

[…]
La relación entre lenguaje y pensamiento es indudablemente muy estrecha, casi tanto como para justificar su absoluta identificación, el isomorfismo más completo entre uno y otro. Y en verdad que este acoplamiento cuasiperfecto ofrece un caudal de fenómenos fascinantes para la investigación científica y para la filosófica.
Pero también es interesantísimo examinar ese otro, digamos, 0,1% de fenómenos en que el contenido del lenguaje y el del pensamiento no sólo difieren, sino que de hecho resultan inconmensurables. Se trata de esos dos terrenos fronterizos y misteriosos en que podemos hablar, por un lado, de un lenguaje sin pensamiento, y, por otro, de un pensamiento sin lenguaje (es aún interesante a este respecto la teoría desarrollada hace ya casi un siglo por Lev Semionovich Vigotski).

8 de junio de 2012

RE: Algo sobre el lenguaje…


[DE: Assumpció Linares]

[…]
Em penso que des de que estic a la llista és la primera vegada que aconsegueixo llegir tots els missatges inscrits sota el mateix títol (el meu nodriment intel·lectual, per ara, depèn de les dormides del meu nen). I la veritat és que en aquest cas, la discussió era una mica “delicada” per totes les raons que, de fet, heu anat exposant des del primer missatge de l’Alberto.

1 de junio de 2012

El nacionalismo, el lenguaje, la mentira y la hipocresía


[DE: Alberto Luque]

Lo que dice Josep Maria sobre la estrecha vinculación entre esta clase de pintorescas chorradas y el aparentemente más serio tema del nacionalismo es tan cierto como rotundo: no se produce lo uno sin lo otro; no es posible el catalanismo “político” sin que en algún momento no se le levante un monumento al caldo catalán; el idiotismo folclórico es el sustrato, el oxígeno, la razón de ser del nacionalismo, y viceversa. En efecto, como dice Josep Maria con una rotundidad que agradezco, gilipolleces de ese calibre son propias de esas mentes enfermas a las que los términos “irracionalismo” y, sobre todo, “espiritualismo” describen con toda precisión (N.B., mucho más “espiritualismo” que “irracionalismo”, porque yo creo que la actitud irracionalista puede ser en parte, y según las circunstancias, inteligente, desafiante, interesante, pero el espiritualismo apesta siempre como una impostura, una debilidad o una gazmoñería; ser espiritualista le convierte a uno, en el mejor de los casos, en un buen salvaje supersticioso, y en el peor, en un hipócrita temible).

16 de abril de 2012

El catalanismo y la poesía de Carles Riba


[DE: Alberto Luque]

[…] de un librito de Gabriel Ferrater, La poesia de Carles Riba, cinco conferencias dictadas durante el curso académico de 1965-1966, invitado por la Cátedra de Lengua y Literatura Catalanas de la UB, y editadas póstumamente en 1979. Es interesante el modo en que, aun muy sintéticamente, explica la tortura y el dominio de la expresión ajustada en la poesía acentual (y en particular los esfuerzos de Riba para componer auténticas elegías), y sobre todo es muy interesante la reflexión, inevitablemente truncada y esquematizada, pero muy penetrante, sobre el sentido de pura vitalidad, de pura animalidad, de “modestia”, completamente materialista de la poesía en general, y de la de Riba en particular. Pero lo traigo ahora a colación por otro tema, que surge incidentalmente, el del nacionalismo. Hace unos días me pidió Josep Maria Cuenca que le encontrase este librito, que no ha sido jamás reeditado —como tampoco, en general, las demás obras de Ferrater—, cosa que llama la atención. Pues bien, simplemente leyendo los pasajes en que se refiere al origen y sentido burgués, reaccionario y cateto del catalanismo, y en especial a Cambó, a quien no tiene reparos en llamar un auténtico “analfabeto”, se comprende el poco interés que pueden tener la mayoría de los editores catalanes en reeditarlo. Destaco aquí dos de esos pasajes [pp. 93 i pp. 105-113], por si alguno no siente tanta curiosidad como para leer completas estas cinco breves y deliciosas conferencias.
[…]
--------------------------------------------------------------------------------------------

[1]
En arribar a Barcelona, doncs, Riba es va trobar amb una situació personal complicadíssima i desagradabilíssima, entre altres coses per culpa del senyor Cambó, el propietari d’una petita i miserable editorialeta, a la qual, mentint com un condemnat, li ha donat el títol de Fundació Bernat Metge, cosa completament falsa, perquè mai no hi ha hagut cap fundació que hagi tingut ni deu duros en un banc. És a dir que l’editorial Alpha ha estat una petita editorialeta que sempre ha estat conduïda a base del senyor Cambó, que es treia un duro de la butxaca abans de la guerra, i dels sens successors, que es treuen mil pessetes de la butxaca ara, i a la qual Riba havia dedicat tota la seva activitat. Es va trobar que, com que el senyor Cambó no es fiava gaire dels «rojos», com ne deia, els primers anys Riba no tenia cap mena de seguretat. En fi, va passar uns anys difícils, i durant aquests anys només va escriure uns quants epigrames, la segona sèrie de tannkas, que es titula «Tannkas del retorn».

[2]
Quan Riba va fer seixanta anys, li van regalar una casa a Cadaqués. Aleshores Riba va enviar a totes les persones que havien donat diners per comprar-li la casa un poema, que va fer imprimir i que hi ha aquí, que és de la darrera sèrie, i el va enviar amb un gravat a tots aquests burgesos. És un poema que diu [pàgina 329]:

Dins la nit, els meus anys
han cridat i em desperten;

És sobre això, sobre el fet de fer seixanta anys:

semblen ocells perduts,
sóc d’ells i no em coneixen: (…)

Bé, amb això ja n’hi ha prou perquè vegin vostès el to del poema, i que vegin que, realment, poema més límpid, més simple, dins de Riba, no se’n podia donar. És un poema que justament el va escriure per això, per oferir-lo a aquestes persones que l’havien obsequiat, i el va fer excepcionalment simple, límpid i sense complexitats. Doncs bé, el dia d’abans d’aquest dia que els dic que el vaig anar a veure, ell s’havia trobat no sé on amb un d’aquests senyors, i aquest senyor li havia dit: «Però, Riba, ¿què fa vostè? Se’ns ha tornat modernista! Això no és la cosa seva: la cosa seva és la cosa clàssica!» I bé, en Riba es va enfilar en una còlera, però absolutament brutal. Perquè fixin-se la imbecil·litat que això representa: la cosa clàssica, la cosa clàssica, en la mentalitat d’aquest burgès, volia dir —probablement— traduir l’Odissea, però és que aquest burgès no havia llegit ni sis versos de l’Odissea traduïda per Riba, perquè si hagués llegit sis versos de l’Odissea traduïda per Riba, resulta que són infinitament més complexos, infinitament més moderns, infinitament més d’avantguarda que aquest poemet absolutament límpid. És una manifestació de la bàsica, sòlida i indestructible incultura d’aquest país.
Hi ha, hi havia, en el cas de Riba una tendència a acceptar des de fora la seva imatge d’humanista, de no anar a veure mai (perquè és del que s’haurien guardat més, més que de la pesta) què són Homer i Sòfocles i tota aqueta gent que Riba traduïa, i aleshores reduir-lo a una imatge de preservador de no se sap què, de certs valors culturals completament exteriors, no anant a veure què hi havia dins d’això, i aleshores convertir-lo en un mascaró de proa d’una espècie de soi-disant cultura catalana (la qual és clar que era abans que res un instrument de cultura per molta gent, però sobretot pel propi Riba).
És a dir, dit d’una manera precisa, Riba és l’últim escriptor català, l’últim en l’ordre cronològic, podríem dir, que ha viscut, que ha estat dins del que era el catalanisme i que ha sofert això. Precisament perquè ell n’ha sofert, és pel que els escriptors catalans que hem vingut després no hi som en absolut. Com diuen dos versos de Pere Quart, que deuen conèixer,

Temps era temps hi hagué una vaca cega!,
Jo sóc la vaca de la mala llet.

Els escriptors catalans som ara «la vaca de la mala llet». Som els últims, els que, resoludament i d’una manera total, no ens deixarem embarcar en el catalanisme, perquè sabem molt bé tot el que ha passat a Carner, tot el que va passar a Maragall, tot el que va passar a Riba, amb aquesta màquina de tortura.
Era una màquina de tortura per la raó següent. El catalanisme, no em ficaré ara a intentar esbrinar què va ser, perquè en principi les meves conferències no són pas d’història ni de sociologia, sinó de literatura, però, dit d’una manera esquemàtica, el catalanisme era un determinat moviment polític de determinats fabricants cata­lans que necessitaven modificar el règim d’aranzels de l’Estat espan­yol per poder competir amb avantatges il·lícits amb els fabricants anglesos de teixits. Com que eren uns incompetents i eren incapaços de fabricar bons teixits, si no hi havia protecció aranzelària no podien competir. Potser han llegit vostès una cosa d’Unamuno que conta, no sé si és Unamuno o Baroja qui ho conta, que, Unamuno o Baroja, va tenir durant una temporada un abric de tela de Sabadell, que era extraordinàriament pesat, extraor­di­nà­riament ineficaç per lluitar contra el fred de Castella, que en deia ell, Unamuno o Baroja, «la venganza catalana».* Doncs bé, «la venganza catalana» consistia exactament en això, en la necessitat d’obtenir la protecció de l’Estat per fer marxar la seva indústria d’incompetents i d’incapaços. Bé, per muntar —com que dóna la casualitat que, desgraciadament, els polítics són la gent més romàntica del món i no hi ha manera que se’ls presentin les realitats amb lucidesa— un moviment fins i tot de protecció aranzelària es necessiten motius nobles i romàntics i una aureola espiritual que permeti de fer propaganda, doncs bé, els escriptors catalans van ser utilitzats per fornir aquesta aureola, aquesta gloriola espiritual per al moviment de protecció aranzelària.
Bé, el resultat va ser una farsa grotesca, amb una… Podria contar una quantitat d’incidents dels quals he sentit parlar en gran part a Riba. Però, en fi, per contar només una cosa, que no és contar res, sinó simplement atreure l’atenció de vostès sobre un fet que és públic, però fer-los remarcar que és grotesc, hi ha el fet següent: que Riba, per a la Bernat Metge, va traduir les Vides paral·leles, de Plutarc. Ara bé, Plutarc és un escriptoret de quart ordre, que va tenir importància al Renaixement per una sèrie de circumstàncies que van confluir: la passió patriòtica que Plutarc expressa era una passió sòlida a l’època del Renaixement; va ser molt ben traduït al francès per Amyot, etcètera, etcètera. Resulta que Plutarc va tenir, en una època d’Europa, importància cultural. Actualment no en té cap. És un escriptoret de quart ordre i el podria traduir qualsevol. Doncs bé, el fet que Riba, un home que havia de traduir Sòfocles, que havia de traduir Eurípides, que havia de traduir Píndar, que el senyor Cambó el fes perdre deu anys de la seva vida traduint Plutarc, és absolutament grotesc. Només això ja és una manifestació d’aquesta explotació de l’escriptor al servei del catalanisme. Perquè, naturalment, per al senyor Cambó el fet de fer traduir Plutarc significava pretendre… significava un joc doble. La traducció —si miren el primer volum— està dedicada, amb una dedicatòria molt solemne, al senyor Francesc Cambó, patrici, mecenes, etcètera, etcètera. Doncs bé, per part del senyor Cambó, el fet de fer perdre temps a Riba traduint Plutarc significava el següent: significava afirmar que Plutarc era encara una força viva a la cultura europea, i això significava (perquè és per això que Plutarc va ser una força durant dos o tres segles) afirmar que el patriotisme és una força viva a la cultura europea, cosa que tots sabem que no és veritat. Espero que tots sabem que el patriotisme és una mena de residu innoble de les edats tenebroses d’Europa. I bé, el fet de dedicar el millor, l’únic —pràcticament— humanista de Catalunya a aquesta feina significava afirmar, per tant, l’existència del senyor Cambó, que pretenia ser el representant del nacionalisme a Catalunya; cosa que no era: ni ell ni els de la Lliga no van ser mai patriotes. És a dir: el moment que el catalanisme es va ensorrar d’una manera total va ser amb la història dels rabassaires i la Llei dels Contractes Conreu, que, en fi, dispensin… Vull dir: em desvio cap a parlar d’història i de sociologia quan la meva missió és parlar de literatura, però com que resulta que sobre la història del país hi ha tan poques idees clares, per raons molt objectives i molt òbvies, perquè fa vint-i-cinc anys que s’ha reprimit tota manifestació de les idees clares justament sobre la història del país, de vegades, en fi, he d’explicar les meves al·lusions perquè no puc donar per suposat que són valors entesos. Doncs bé, la història aquesta dels rabassaires (alguns de vostès la deuen saber, però potser la majoria no) va consistir en el fet que, com saben, Catalunya tenia un estatut d’autonomia des de poc després de proclamar-se la República, i un dels actes del govern català va ser donar una Llei de Contractes de Conreu modificant el sistema de la rabassa, que jo no conec gaire bé en detall, però, en fi, és un sistema d’arrendament de terres que és absolutament brutal contra el pagès, contra l’arrendatari. Bé, el govern català va donar una llei modificant aquest sistema, i aleshores… La llei, deixem a part si era ben feta o mal feta: probablement devia ser mal feta, perquè sobre el talent dels polítics catalans d’aquella època no tinc cap confiança, probablement devia ser mal feta, però en tot cas el que és absolutament innoble i inadmissible va ser la reacció dels burgesos de la Lliga, que, a part de ser fabricants, tots tenien terres també; eren, estaven molt directament interessats en aquesta història de la Llei de Contractes de Conreu, i aleshores, en comptes d’intentar tirar per terra la llei al Parlament Català, de jugar dins del Parlament i dins el Govern català contra la llei, el que van fer és apel·lar a Madrid, al Tribunal de Garanties Constitucionals, per fer-los decretar que el govern català no tenia facultats per donar una llei modificant un cert règim econòmic, que això eren facultats que només es podia atribuir l’Estat espanyol. Bé, és evident que amb això, si el govern català no tenia facultats per modificar el règim d’arrendament de la terra, és evident que no tenia facultats per res: no era un govern. O sigui que es va ensorrar completament la seva pretensió a ser catalanistes i nacionalistes. Va ser en aquell moment, com dic, que realment la vaca va deixar de ser cega i va passar a ser la vaca de la mala llet. Vull dir: a partir d’aquell moment es va produir l’escissió total i l’ensorrament de les  pretensions del catalanisme tradicional. I és en aquell moment que Riba va passar, m’imagino (jo naturalment no el coneixia: jo tenia dotze anys quan passava tot això), és aleshores que Riba va adoptar la seva còlera, que, com els he dit, era l’actitud gairebé constant en els seus darrers anys. Ell va seguir treballant…
Ah!, una cosa que aquesta sí que els he de contar, perquè realment és d’un divertit absolutament genial, és que un altre mirífic projecte del senyor Cambó, que era un analfabet (vull dir que no sabia ni llegir ni escriure), un admirable projecte del senyor Cambó és que, després de Plutarc, Riba havia de traduir Tucídides, i aleshores, en aquest Tucídides, ell, el senyor Cambó, hi posaria notes, hi posaria notes de polític de gran talent!!! Bé, sort que va venir la guerra civil, que va impedir la realització d’aquest projecte, perquè hauria estat… M’imagino, tanmateix, que Riba, a darrera hora, hauria dit que amb això no marxava. Però realment ens vam salvar d’una de bona. Perquè sobre l’experiència política del senyor Cambó, en fi, tinc idees clares.
————————
* [No és d’Unamuno ni de Baroja, sinó d’Antonio Machado, la invenció d’aques­ta «venganza catalana». Cf. Juan de Mairena: Sentencias, donaires, apun­tes y recuerdos de un profesor apócrifo, xlv.]

11 de abril de 2012

Nacionalismo


[DE: Alberto Luque]

No es el tema más inquietante, quizá, pero el nacionalismo me parece que ha llegado a convertirse en uno de los fenómenos más lacerantes de la vida civil.
Respecto a las posibilidades reales de una transformación social emancipadora uno puede tener razonablemente las mayores dudas, por más que por momentos no paren de intensificarse sus deseos de que ocurra. Yo casi sólo puedo extraer mi entusiasmo del subsuelo de lo maravilloso, de la esperanza en el milagro [del clinamen lucreciano, de la objetividad del azar, del materialismo “aleatorio”…]
Aun si científicamente podemos demostrar que es necesario imponer un orden social democrático (igualitarista, socialista) para impedir el deterioro de la vida hasta lo infrahumano, eso no quiere decir que basten para alcanzar ese orden las condiciones objetivas. La transformación social depende básicamente de las condiciones subjetivas, a saber, de la voluntad y de la costumbre: aquélla es la suma de todos los deseos individuales de felicidad, y ésta es la suma de todos los lastres ideológicos contra el cambio. Ambos son factores subjetivos (sus dos extremos), si bien tienen su base, su apoyo, sus condiciones en los factores objetivos.
Que una determinada política lleve el mundo a la mierda no es la razón inmediata según la cual resulta imposible prolongar tal política, porque ninguna providencia nos ha garantizado que esa mierda no sea el destino del mundo. Los aficionados a la teoría de juegos han abusado de una pueril confianza en los automatismos “lógicos”. Por ejemplo, Robert J. Aumann, que recibió en 2005 el Premio Nobel de economía, no se ha ruborizado al generalizar el principio “lógico-automático” de que el reame es lo que mejor garantiza la paz (lo decían los romanos: Si vis pacem, para bellum), sólo porque en la Crisis de los Misiles de Cuba fue efectivamente ése el principio que motivó la resolución “sensata”, pacífica, del conflicto; o porque ese mismo principio explica, inversamente, por qué Hitler, al no sentirse palpablemente amenazado, decidió iniciar su “guerra relámpago”. Es absurdo pretender que las cosas no podrían haberse desencadenado de otro modo incluso en esos casos, y más absurdo aún es pretender que el mecanismo de las decisiones se repite “matemáticamente” —como si los políticos computasen con toda pericia, con toda precisión, y evaluasen con toda exactitud todos los factores; o peor aún, como si ese cómputo racional se realizase “inconscientemente”, intuitiva pero infaliblemente. Se trata del mismo tipo de fantasía que alimenta la creencia en el resultado benefactor de la mano oculta del libre mercado.
Lo dicho, que no hay por qué confiar para nada ni en la lógica ni en la racionalidad como garantía contra el infierno; el infierno puede llegar del mismo modo que uno puede volverse loco, por más “insensato” que sea volverse loco…
Esta forma de razonar me autoriza a no reprocharle a nadie su pesimismo, pero también puede servir para todo lo contrario. Si reconocemos que sólo faltan condiciones subjetivas para transformar el mundo, es decir voluntad, ¿qué puede detenernos a la hora de gritar a los cuatro vientos que queremos invertir completamente el orden social? Ello será posible en el momento en que subjetivamente, arbitrariamente, lo quiera una cantidad suficiente de personas. Si los nazis pudieron realizar, aunque sólo fuese durante un decenio, su incierto, macabro, absurdo y alucinógeno sueño (pesadilla para los demás) de la sociedad depurada de comunistas y de judíos, ¿cómo podría negarse la posibilidad de que se realicen propósitos justos y racionales? Uno puede responder que el fracaso está garantizado, si adopta el punto de vista pesimista de que sólo los vicios, y no las virtudes, es lo que puede triunfar en la raza humana. Pero, pensémoslo bien, ese pesimismo no es en realidad la explicación, sino que es él mismo un factor que contribuye a impedir la transformación social, como en las profecías autocumplidas.
Dejemos ahora el tema de las posibilidades o imposibilidades de transformación social para deslizarnos a un terreno “cultural”, ese de la vida social en que se expresan los escupitajos nacionalistas a diario como si se tratase de un lenguaje legítimo, ese territorio inhabitable en que aún son menos las esperanzas de concordia que podemos albergar.
El fanatismo nacionalista no es el nuevo opio secular del pueblo, sino una nueva droga de diseño con principios activos verdaderamente dañinos y de efectos contrarios a los tradicionalmente opiáceos: en lugar de tranquilizar y confortar, lo que hace es generar adrenalina, agresividad, ganas de escupir, de arañar. Es extraño el modo en que ha llegado a naturalizarse como propio de la vida civil un lenguaje de la ofensa y del odio, el lenguaje del nacionalismo; y me refiero principalmente al catalán, o en general al separatista, no a esa absurda ficción de un “nacionalismo español” que “también es un nacionalismo” y otras monsergas… El “español” no puede ser ningún nacionalismo, porque España no es ninguna “nación”, sino un Estado, la mínima expresión de un imperio. (Yo, por cierto, simpatizo con los imperios; mi sueño social, desde niño, no ha sido la República de Platón, pequeña ciudad-Estado artificiosamente ordenada, sino el News from Nowhere de Morris, pero en el escenario galáctico de Star Trek, un imperio universal y democrático; odio lo pequeño, lo mísero, lo individual, lo egoísta, lo estrecho, lo miope, en suma, lo idiota…)
¿Cómo fue posible que la izquierda —tanto la moderada y parlamentaria como la extraparlamentaria y “radical”— dejase que se infiltrase en su ideario ese discurso nazi? Las “naciones”, sencillamente, no existen —o sólo son lo que decía Renan de ellas. Existen los Estados. Al menos en el terreno civil. En la poesía puede haber “naciones”, pero difícilmente lograremos nada bueno si involucramos esas fantasías folcloristas en el orden político.
Si nuestros oídos no se hubiesen insensibilizado a fuerza de escuchar tan a diario las estupideces nacionalistas, ¡qué espectáculo más terrorífico! ¡Qué absoluta falta de piedad! Escojo un par de hechos recientes, de los miles que recaman el tejido cultural catalán. Poco después de que una inteligencia tan dudosa como Duran i Lleida ofendió a los andaluces pobres tildándolos de holgazanes —como por los mismos días hizo ese otro señorito andaluz Cayetano Martínez de Irujo, típico golfo de esas tierras—, los jugadores del Sevilla salieron al campo, en un partido contra el Barça (en el Camp Nou), luciendo en sus camisetas el siguiente lema, inocuo y sentimental: “Orgullosos de ser andaluces”. Se produjo una ola de “indignación” entre los catalanistas. Me recordaba aquel chiste gráfico de Antonio Fraguas de Pablo “Forges”: “Señor juez, fue él quien empezó la bronca: golpeó mi hacha con los dientes.” Luego —o antes, ya no recuerdo la sucesión; tanto da, son fenómenos corrientes, continuos, que se prodigan a diario— el infame Joan Tardà, diputado de ERC, llamaba “hijo de puta” a Peces Barba por haberse atrevido a sugerir que la unión de Portugal, en su momento, habría sido más beneficiosa que la de Cataluña (sugerencia que, bien mirado, debería haber halagado los oídos de los separatistas). También por un comentario sobre los bombardeos de Barcelona. Tardà dijo responder en nombre de las “víctimas” (de nuevo como en el chiste de Forges, o como en el mundo al revés de lobos buenos y ovejas malas)… Y enseguida vino la continuación de la cruzada de la indignación contra una sentencia judicial que obliga a respetar los derechos lingüísticos (o sea de expresión). La madre del alumno quejoso, o quienes dirigieron su pleito, cometieron también un tremendo error; pero me parece un error preferible, disculpable, que se convierte en algo justo por compensación, como cuando en época de Lenin se decía que había que compensar a los ofendidos, que entonces sí eran las minorías nacionales, al revés de lo que sucede ahora. Pero el victimismo de este nacionalismo “minoritarista” se ha vuelto descarado y deletéreo. Quizá sólo se ha consentido porque queda algo de estilo imperial en España, una especie de convicción de que las pataletas de unos pocos no pueden hacer peligrar la concordia social.
Sé que este planteamiento tiene que escocer a muchos, entre quienes con seguridad se hallan incluso algunos de mis amigos. Eso no es razón para evitarlo, sino todo lo contrario. Hay que decir, si uno lo siente verdaderamente: “Hermanos, os estáis equivocando, estáis haciendo daño, estáis adoptando el lenguaje y las costumbres de los más viles…” Sembrar la discordia sólo conduce a cosechar tempestades, como se dice en el Génesis. Pero más que la discordia —que franca y libremente expresada podría pasar por síntoma de salud pública— lo que sufrimos es algo más odioso y terrible: la prohibición de discrepar, el pensamiento único, totalitario, y fundado en los más falaces y lunáticos principios.
En el caso vasco, por ejemplo, yo me siento inclinado a admitir que también, en parte, muchos ciudadanos que, equivocadamente, expresasen sus simpatías ideológicas con los fines políticos de ETA (nominalmente, independencia y socialismo) hayan sido objeto de ofensas y persecuciones intolerables. Pero ya hace mucho tiempo que las cosas funcionan al revés. En Cataluña, al menos, la situación es inequívoca, inequívocamente asimétrica: los soberanistas se pasan por el forro cualquier disposición legal, cualquier sentencia del Tribunal Constitucional que en su opinión “atente” contra lo que conciben como sus sagrados derechos a imponer su autoridad indiscutible.
Este insoportable clima de fanatismo disfrazado con monsergas “civilizadas” me parece que augura una tragedia (por el momento es sólo repugnante farsa). Impunemente se imprimen unas gigantescas letras en la ladera de un mogote para que a quilómetros pueda leerse “Puta España”. Imaginemos a un francés proclamando un insulto así a su patria, o un inglés a la suya. Puede estar irritado o explicando un chiste, o puede estar cometiendo un delito tipificado (que en caso de guerra puede llegar a ser gravísimo, de alta traición). Y ahora imaginemos no a un individuo, sino a amplios colectivos profiriendo ese salvaje insulto. No hay que imaginar nada: lo estamos presenciando a diario (pero quería hablar “como si”, para sugerir cómo “sería” una sociedad peligrosa e inhumana; porque sólo imaginando cómo sería la realidad si fuese inhumana, es como nos percatamos de que realmente lo es —como cuando Žižek explicaba su anécdota sobre la abominable sugerencia hippy del intercambio de parejas: “¡No!, porque se empieza intercambiando la pareja y se acaba intercambiando la comida.”) Pues muchos ayuntamientos catalanes permiten que los fanáticos perpetren eso en sus términos municipales. Y esos que como Tardà utilizan ese abyecto lenguaje procaz son los que se rasgan las vestiduras y se indignan de que alguien se haya atrevido a morder su machete, a ofender a su sacrosanto sentimiento nacionalista (porque hay “sentiments i sentiments”, según dicen), ni más ni menos que cuando los nazis enrojecían de rabia de sólo cruzarse en la calle con un apestoso judío.
¿Hay manera de “discutir” inteligentemente con —contra— los nacionalistas? Me temo que no. A lo sumo, y muy difícilmente, lo puede hacer uno con aquellos que, casualmente, son sus amigos (por otros motivos). Si se tratase de un asunto alejado en la historia, como el del Holocausto, toleraríamos examinarlo racional y desapasionadamente. Pero ¿cuál será la reacción emocional de un catalanista tipo si yo empiezo a exponer, por ejemplo, mis escasas opiniones sobre uno de los temas mencionados así:? «El catalán es un idioma “nacional”; de acuerdo —sea lo que sea que esto quiera decir. El “español”, entonces, no lo es, o no lo es solamente, sino algo más: un idioma internacional, o multinacional… y lo mucho es mejor que lo poco (que lo grande no deba imponerse de un modo innecesariamente destructivo es un principio fácil de entender, pero que se pretenda imponer lo estrecho y corto…)» Yo podría sintetizar mi opinión sobre el caso de aquella demanda para que los niños reciban instrucción en español de la siguiente manera geométrica: carece de causa, pero asimismo es irracional y falsa la postura de los catalanistas; la cuestión es que ambas partes confunden un derecho con un deber; nuestro país es bilingüe, legalmente bilingüe (además de ser bilingüe realmente), lo que significa que todo ciudadano tiene el deber de conocer dos lenguas, y el derecho de usar la que le plazca. Un padre no debe exigir que un profesor hable a su hijo en español —ni en catalán—, porque eso vulnera el derecho del profesor (salvo, obviamente, en clases de castellano, catalán, inglés, etc., que requieren el uso obligado de una lengua). Del mismo modo, el profesor no puede exigir que el alumno se exprese en tal o cual idioma (salvo, obviamente, en las clases antes mencionadas). El derecho es muy sencillo, y no puede dar lugar a que se vulnere, a que se entorpezca el que ambos tienen a expresarse en la lengua legal que deseen. ¿Hay manera más simple de entender lo que significa el respeto a los derechos? Pues no; y sin embargo unos y otros han aprovechado para introducir aquí los más monstruosos motivos de discordia y de ofensa: la exigencia de que “el otro” obre como nosotros deseamos. En verdad no creo que la sencilla geometría de este razonamiento hiciese la menor mella en la rabia de un nacionalista.
Podría añadir, incluso, que la falta es infinitamente más grave en los catalanistas, porque pretenden imponer el monolingüismo (y, puestos a escoger, era preferible el español, o el inglés, o el esperanto… para la vida pública, y cualquier jerga para la privada).
Me hago cargo de lo excesivo que resulta dilatarse en esos diversos aspectos de este espinoso problema del nacionalismo, al fin y al cabo banal para un voltaireano, que puede reducirlo todo a términos de ignorancia, malicia y superstición. Pero hemos dejado durante mucho tiempo de discutir —es decir de refutar— el nacionalismo, y ahora tenemos que pagar las consecuencias, contemplando cómo infesta nuestra vida civil, y hasta cómo corrompe los más recónditos lugares de nuestra vida privada y nuestra conciencia. Sucede un poco como cuando se empezó a tolerar el ideario fascista, o peor aún, se lo consideró inofensivo…
Quiero acabar, pero también quiero recalcar… Me parece tan odioso el tema que no temo a cansar al personal y hasta parecer un disco rayado. El parangón con el nazismo quizá parezca exagerado, pero si se piensa de qué inocua manera comenzaron los nazis a envenenar la vida pública, también es exagerada la comparación de ese nazismo primigenio con el del Holocausto, y sin embargo uno sucedió ineludiblemente del otro. He recordado un famoso poema del pastor luterano Martin Niemöller, «Cuando los nazis vinieron por los comunistas», que muchas veces ha sido erróneamente citado como salido de la pluma de Brecht (Niemöller incluso había apoyado, antes de la subida de Hitler al poder, su política antisemita y anticomunista, a la que luego se opuso y hubo de sufrir presidio por ello). El poema fue en su origen no un poema, sino algo muy parecido, un sermón («¿Qué habría dicho Jesucristo?») que Niemöller pronunció en la Semana Santa de 1946 en Kaiserslautern.

Als die Nazis die Kommunisten holten,
habe ich geschwiegen;
ich war ja kein Kommunist.
Als sie die Sozialdemokraten einsperrten,
habe ich geschwiegen;
ich war ja kein Sozialdemokrat.
Als sie die Gewerkschafter holten,
habe ich nicht protestiert;
ich war ja kein Gewerkschafter.
Als sie die Juden holten,
habe ich nicht protestiert;
ich war ja kein Jude.
Als sie mich holten,
gab es keinen mehr, der protestieren konnte.

[Cuando los nazis se llevaron a los comunistas
guardé silencio;
yo no era comunista.
Cuando encarcelaron a los socialdemócratas
guardé silencio;
yo no era socialdemócrata.
Cuando se llevaron a los sindicalistas,
no protesté;
yo no era sindicalista.
Cuando se llevaron a los judíos
no protesté;
yo no era judío.
Cuando vinieron a por mí
no quedaba nadie que pudiese protestar.]

Pero por más que se nos haya amaestrado, por más habituados que se nos tenga a ese obsceno lenguaje del nacionalismo, si recapacitamos, si somos sinceros, tendremos que reconocer que hay alguna fibra en nuestra alma que se rebela, tendremos que reconocer que se nos está haciendo comulgar con ruedas de molino. No hace falta mencionar aquí esos repugnantes extremos de la anticultura que han hecho convertir en lengua oficial el bable o el aranés que hablaban los palurdos. Tampoco es necesario observar que el euskera batua es una invención de lingüistas, tan artificial como el esperanto —aunque de signo completamente opuesto: no universal, sino idiótico. Tampoco hay que rememorar la obsesión de Sabino Arana, que no le dejó dormir tranquilo hasta que pudo rastrear los 126 apellidos vascos de la familia de su prometida, y asegurar a sus secuaces que no había en ella ni una gota de impura sangre “española”.
En esta misma lista sé que hay quien podría escribir la versión catalana de El bucle melancólico (no quiero decir la traducción al catalán del libro de Juaristi, sino la demostración crítica de las raíces racistas del catalanismo). ¿Cómo es posible que hayamos consentido en que, insensiblemente, la palabra “catalanismo” indique ese fanatismo nacionalista —por no decir simplemente nazi— que infesta la vida política y lo hace sinónimo de un singular patrioterismo o chovinismo? No son ni imaginables correspondencias con otros países: “francesismo”, “rusismo”, “alemanismo”… “Galicismo” o “italianismo” no podrían pasar de ser términos filológicos. “Americanismo” designaba la simpatía hacia actitudes desenvueltas y democráticas de los norteamericanos. Casi todos los demás términos semejantemente derivados de gentilicios sólo pueden tener el significado de “folclorismo”. La excepción del “catalanismo” por sí sola me parece una tremenda corrupción del lenguaje. ¿Por qué una palabra así puede designar algo políticamente tolerable? ¿Por qué motivo el catalanismo debe santificarse? No tendría que tener ni más ni menos sentido que el de inclinarse al japonismo, es decir manifestar un determinado, libre y arbitrario gusto. Nada, en definitiva, que pudiese tener el menor valor político. Estetizar la política es el monstruoso crimen que cometieron los nazis, y aún perdura.
[…]